J. M. CARBAJAL
Demasiado se ha escrito, y lo que aún resta, sobre la famosa burbuja inmobiliaria y sus fatales consecuencias para la economía de este país. Se fueron a pique cantidad de empresas, no sólo grandes, sino también medianas y pequeñas, destruyendo numerosos puestos de trabajo vinculados al sector de la construcción. Dicen los dirigentes políticos -o sea, quienes velan por los intereses de todos, se supone- que la cosa, en cuanto a la recuperación del mercado, va para largo.
Me parece que el asunto preocupa, y mucho, a los Ayuntamientos. No sólo en lo referente a la recaudación por tasas y licencias de obra, a causa del temido parón en el que se ha visto sumida la construcción en numerosos puntos de España. Y si no llega el apetecido «maná», boyante en anteriores épocas de bonanza económica, ¿cómo será posible sustentar tantos puestos de trabajo en las distintas casas consistoriales? Sin duda, una difícil papeleta la que se avecina.
Poco a poco sale a la luz pública la problemática que asuela a algunos pequeños ayuntamientos. Hace apenas nada, en nuestra comarca del Oriente, los focos apuntaban al de Cabrales. Sueldos notorios, varios liberados? y vertiendo la culpa -falta de liquidez- sobre sus antecesores en el cargo. Es lo que se lleva, desviar el dilema y así tratar de que la sufrida ciudadanía -los que votan- deje de preocuparse, aunque sea con carácter momentáneo, por lo que ocurre de puertas hacia dentro. Queda tiempo hasta la nueva llamada a las urnas.
Pasa como con la organización de las fiestas en los pueblos y villas, ya sean grandes o pequeños, sobremanera en aquéllos donde no existe una sociedad de festejos encargada de los mismos. ¡Que pague el Ayuntamiento!, diría cualquier locuaz, sin pararse a pensar, ni un minuto, que el desembolso a costear para el tema festivo saldrá de los correspondientes impuestos a los que se verá sometido el ciudadano de a pie. ¿Todavía habrá alguno que piensa que no le palpan el bolsillo cuando tocan fastos de altura a nivel municipal? No es raro, sobre todo si comulga con ruedes de molín.
Los políticos de hoy en día, con independencia de su ideología, son en realidad muy atrevidos a la hora de ponerse su sueldo a medida. No sólo el regidor de turno, sino algunos de sus colaboradores en lides políticas. Difiere mucho lo que se plantea cuando se hace oposición. Por el contrario, cuando se toca el poder, ¡faltaría más!, donde «dije digo, digo Diego». Es posible que alguno cobre algo menos que su antecesor, pero otros nunca pensarían disponer de tan suculentos ingresos, aderezados con dietas, gastos de protocolo o de representación, kilometraje, móvil gratuito, etcétera.
Seguro que habrá políticos honrados, también muy trabajadores? pero, cuando no les cuadren las cuentas, ¿qué? ¿A tirar de créditos bancarios o a dejar de pagar las facturas a los proveedores? Llevar una pequeña empresa no es moco de pavo, y lo mismo suele decirse de la tarea de gestionar un pequeño Ayuntamiento. Pienso, en mi modesto punto de vista, que las arcas municipales no pueden ser la panacea para los «políticos» que buscan un acomodo profesional, con «contratos» de cuatro años. Aún más: ¿cómo cualquier «liberado» a media jornada puede ingresar bastante más que, por ejemplo, un director de banco de su mismo municipio?
La famosa burbuja inmobiliaria ya es un hecho palpable, pero la que no acaba de explotar es la que yo denominaría «burbuja de las consistoriales». Cada vez se privatizan mayor número de servicios públicos en los distintos ayuntamientos de la comarca, aunque no puedo asegurar que ese sistema conlleve una reducción de puestos de trabajo. ¿De dónde sacarán recursos económicos para aguantar los millonarios -en pesetas- sueldos de alcaldes y demás liberados? ¿Y para la larga nómina de empleados? Esto es macroeconomía, pura y dura. Si no, tiempo al tiempo.