CEFERINO MENÉNDEZ
Una de las mayores injusticias de la política reside, a mi entender, en que, a diferencia de lo que ocurre con el boxeo, se permitan los enfrentamientos entre contendientes que de manera evidente no pertenecen a la misma categoría.
No deja de serlo también la inexistencia de un árbitro que, llegado el momento, pare el combate atendiendo a la manifiesta inferioridad de uno de los púgiles, evitando así al público el lamentable espectáculo de presenciar cómo un sujeto incapaz de defenderse es reiteradamente golpeado por su rival.
El debate presupuestario entre Mariano Rajoy y la vicepresidenta Salgado fue en buena medida una demostración práctica de esa injusticia.
Habrá quien diga que la labor de la señora Salgado, el motivo último por el que fue nombrada, es precisamente ése, pero ello supondría tanto como reconocer que, en un acto de machismo inusitado -mucho peor que el que desde las filas del PSOE, como pobre recurso de defensa, se imputó a Rajoy- nuestro autoproclamado feminista presidente del Gobierno habría utilizado a la vicepresidenta segunda como un a modo de «niña de los azotes presupuestarios».
Otro ejemplo al respecto parece estar desarrollándose en el PP gijonés una vez que Francisco Álvarez-Cascos ha decidido plantarle cara a Pilar Fernández Pardo sin acudir en esta ocasión a personas interpuestas.
Y es que pocas imágenes más cinematográficamente evocadoras de la huida de un Ejército de ocupación en retirada que la apresurada destrucción de documentos comprometedores o incómodos.
Pocas estrategias más autoinculpatorias que la de intentar matar al mensajero, especialmente si a los efectos se utilizan descalificaciones ad hóminem que destacan por su pueril sectarismo.
Pocos argumentos más endebles que invocar el apoyo moral de una dirección nacional que a quien respalda con actos es precisamente al oponente.
Y pocos intentos más estériles que el de negarle legitimidad como gijonés a quien notoriamente ejercía de tal mucho antes de que esta ciudad tuviese siquiera conocimiento de la existencia de su rival.
Y todo ello después de haber no ya tirado al contenedor, sino de haberse tragado, cual circense tragasables, la ministerial respuesta en sede parlamentaria sobre el destino de El Musel como vertedero para catástrofes tipo «Prestige». Respuesta a la que este periódico, por cierto, supo darle el merecido tratamiento, tal como la posterior retractación de Fomento ha venido a confirmar.
En fin, alguien debería parar este combate antes de que la sangre anegue las obras del «parking» de El Parchís como el mar inundó en su día las del «parking» de Fomento. Y, si no, al tiempo.