LUIS M. ALONSO
El hombre silencioso que nunca calló», cuentan de Sabino Fernández Campo, el leal escudero del Rey. He leído también que a Don Juan Carlos siempre le dijo lo que pensaba de esto y aquello, le gustara o no, porque así entendía el general la lealtad, y se comenta que fue esa manera de proceder la que hizo que la Zarzuela prescindiese de sus servicios.
Al poder le resulta muchas veces incómoda la verdad, por eso, desde Maquiavelo, los «príncipes» han escuchado lo que querían oír, pero Fernández Campo destripó el verso viril del florentino para explicar todo lo contrario: que debería haber otro modo de hacer política sin tener que supeditarla a mantenerse en los cargos. Esa ha sido una de las lecciones morales de un hombre de Estado que decidió no permanecer callado ni un segundo más una vez que España empezó a descoserse. Entonces fue cristalino, aunque con la educación y la medida de las cosas que le caracterizaba, lo que hace todavía más valioso su discurso en este país de reacciones histéricas y desproporcionadas. Sabino Fernández Campo habló, claro que lo hizo, y el eco de sus palabras permanece para quienes han sabido agradecerlas en los momentos más complicados de la reciente historia.
Hay una propensión de visigodo pata corta, rama progre, a entender el patriotismo como algo perteneciente a la caverna. Por eso, en este país al que se declara patriota o por sus palabras lo da a entender se le califica desde el primer momento de facha. Sabino Fernández Campo fue uno de los hombres que contribuyó a consolidar la democracia en España y era un patriota. Quizás el último patriota, sin que se deba entender por ello el último cavernícola. Por las razones que sean, los cuarenta años de dictadura franquista, la indigencia intelectual de algunos, o ambas cosas, este país maneja e interpreta los símbolos y los principios de manera distinta a como se hace en otros lugares del vecindario. No se entiende.