AURELIO GONZÁLEZ OVIES
POETA
Mi canto es para el hombre, para el ser que aún ama, respeta y aprecia al cachorro, al niño, al macho, al compañero, al prójimo, a la hembra, tocándose la carne. Canto al que muerde el maíz, al que mastica agua y se abraza a los charcos, al que respira y siente, al que duerme y despierta.
A ese hombre que sueña, que posee la nada y en plena amanecida agradece el rebaño, la pala, los ladrillos, la harina y el grisú que le aguardan. Al que sube a la mar, al que madruga siempre, puntualmente, a las cinco, a pesar de la nieve, del ánimo, la tos, la fiebre, la vejez, el castigo, la tormenta.
Para quien enjabona los portales del día, para quien encarrila los vagones y engrasa puntualmente las vías de la costumbre, para quien adormece a los enfermos con su calor humano y su palabra, para quien tiene tiempo de sentarse consigo, para quien es bastante pronunciar todavía.
Canto al que esconde en su túnica un ajuar y una hoguera, al que arrastra desgracias en baúles ligeros, al que come a mordiscos cualquier carroña blanda, al que sabe que el hoy es tan débil e incierto que muy posiblemente no rebase el mañana.
Al que abrillanta el rostro de los escaparates, al que encola panfletos sobre el sur de la noche, al que duerme en las suites de los cajeros, al que descansa en paz en dos o tres cartones; al que pide para un vaso de leche, para un trayecto hasta el fin de sí mismo, para un chute en sus venas, una dosis de estímulo, una soga bien firme, un bombazo de alcohol, una alucinación, un brebaje terrible contra la horrible soledad, la cobardía, el tedio, la antipatía, la opacidad, la sinrazón, el desasosiego, la injusticia.
Para aquellos que atizan el fogón de la envidia, los que se han conformado con lo que han sido y son, los que llevan sortijas con serpientes letales, los que están encerrados por hurtar hortalizas, los que son asesinos por árbol genealógico, los que van llevan corbatas y sobreseen los crímenes. Los viles. Los inertes. Al déspota. Al apátrida. Al verdugo. Y al paria.
Para el hombre que ansía llegar a casa y lavarse las manos, dar un beso a los suyos, aproximarse al fuego, responder a un abrazo, o sentirse tan solo que humaniza una mesa.
Para el que vive al límite. Al que consecuente vive y, en consecuencia, muere. Para el que, en un día de paz, añora ya la guerra.