ESTHER ESTEBAN
Ahora la pelota de Caja Madrid está en el tejado de Mariano Rajoy. Será él quien tenga que decidir si Manuel Cobo -o, lo que es lo mismo, Alberto Ruiz-Gallardón, la mano que mece la cuna de su vicealcalde- merece o no ser sancionado por haber «vomitado» las más duras acusaciones que se han escuchado nunca de alguien contra su propio partido político. Su catarata de descalificaciones, insultos e imputaciones contra la presidenta de la Comunidad de Madrid o es sancionada convenientemente o, de lo contrario, se dará por hecho que el propio líder del partido la apoya, con lo que da carta blanca para que cualquiera, de aquí en adelante, haga lo propio y en el PP se abra una guerra fratricida de incalculables consecuencias.
No es cierto, como se pretende hacer creer, que el problema sea Rato y la disyuntiva esté en elegir entre Ignacio González -candidato de la presidenta- y el ex presidente del Fondo Monetario Internacional. Aquí lo que se cuece es otra cosa. Se cuece, además de tener el control de la cuarta entidad financiera de España -en la que, por cierto, el Grupo Prisa está particularmente interesado, por lo que no es baladí que las declaraciones de Cobo se hayan hecho en «El País»-, una pugna de liderazgo dentro del Partido Popular, y en eso no hay inocentes. Ruiz-Gallardón puede decir una y mil veces que ya no aspira a ser el candidato a la Moncloa, pero ahora, una vez frustrada la organización de los juegos, está claro que quiere más.
Rato, aunque alejado de la primera línea de la política, sigue siendo una sombra en el liderazgo de Rajoy y Esperanza Aguirre, una china en su zapato. Con un partido que hace aguas en las dos joyas de la corona del PP: Valencia y Madrid, y con un liderazgo que aplaza los problemas hasta que se pudren, la parte del león se la llevan en la calle Ferraz. Si yo fuera socialista, sólo tendría que enmarcar el vómito de Cobo-Gallardón y convertirlo en argumentario de la oposición. Tomás Gómez no encontrará mejor estrategia para golpear políticamente a sus adversarios ¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!, se oye decir en el PP.