CARLOS SANTULLANO
Está claro que cada cual tiene su forma de ver o interpretar el mundo, y yo, que estoy a medio camino entre la era de las mil palabras y la de la imagen (que no sé si vale más o menos), por mucho papel que lea sobre el papelón que hizo Elena Salgado en su desigual enfrentamiento dialéctico con Rajoy (David contra Goliat), al final me quedo con la parte visual del asunto, y más, desde que Carlos Solchaga soltó esa metáfora (sonora) de que ZP es una especie de mandamás ensoberbecido que, en vez de ministros, tiene secretarios.
Así que Elena Salgado (por cierto: ¿tendrá algún parentesco con Míchel Salgado, al que se parece tanto?) a mí me resultó el otro día, cuando perdió los nervios en el debate de Presupuestos en el Congreso de los Diputados, la típica secretaria eficiente pasando una prueba ante el «staff» de su empresa. Y no digamos cuando, tras abandonar el estrado antes de que, una vez tras otra, le cayera encima la VI División Acorazada del «machista» Rajoy, le lanzaba una miradita humilde y furtiva a su jefe buscando un gesto de aliento, de aprobación. En ese momento Salgado parecía la imagen de «La Voz de su Amo» en un disco rallado. ¡Guauuu!
Recuerdo que, hace años, cuando Salgado fue ministra de Sanidad y tuvo aquel inolvidable arrebato contra el tabaco, un amigo con mando en plaza me comentó cierto día mientras nos fumábamos un cigarro y la veíamos en la tele: «Menudo fichaje».
-¿Fichaje?
-De primera -me respondió-. Ya podía yo tener conmigo una secretaria así, tan fiel y entregada a la causa (o sea, que mi amigo se adelantó a Solchaga).
Y ahí la tenemos ahora, dándolo todo con eficiencia y entrega -alma, corazón y vida- por la patria potestad de su padre político.
Lo más curioso es que cuando esta señora antes tan crecida y ahora tan menguada (¿por falta de tablas y exceso de tabloides?) el otro día se terminó cayendo con todo el equipo, de su rubísimo y peripuesto peinado, que es ya todo un clásico, no se movió ni un bucle, ni una mecha. Así que su imagen en ese instante supremo a quien me recordó (y vete tú a saber por qué) fue nada menos que a Helmut Berger haciendo de Marlene Dietrich en «La caduta degli dei», el gran peliculón de Luchino Visconti sobre el ascenso y la caída nazi en Alemania. Y encima, de banda sonora en «off», la forofada del general Montgomery regodeándose en la victoria y gritando desde la bancada popular: «¡¡¡Más madera, que es la guerra!!!»