CARMEN GÓMEZ OJEA
La historia se repite de modo tal, que la tragedia se transforma en comedia y la comedia se convierte en farsa y la farsa, a su vez, se trastoca en esperpento, y la morcilla en aire corrupto. Pero cambiar las Navidades en Fiestas de Invierno y la Semana Santa en Festejos de Primavera no es lo mismo que llamar la paga de verano gratificación extra de Julio a secas que del 18 de Julio, ni parecido a descolgar los crucifijos de las paredes de los edificios públicos, en los que no deben estar por no ser templos ni colegios religiosos privados, sean católicos, judíos o musulmanes o aconfesioneables, en los que sí pueden aparecer la Virgen del Pilar, la Magen o Estrella de David o la Mano de Fátima, por mucho que les parezca igual a muchos fundamentalistas de la izquierda divinal que se juzgan espíritus puros y son bombas fétidas, y que parecen ignorar que ese trueque es cosa antigua, lo que quiere decir harto añeja, pues se hizo durante la fructuosa Revolución francesa, allá en el año de la peluca y el miriñaque, cuando por decreto y mediante la voz cantante de Fabre D'Eglantine, un poeta occitano, nervioso y patológicamente imaginativo, se suprimió el calendario gregoriano, se cambiaron los nombres de los meses y se hizo una damnatio memoriae con los de los santos de cada día, de manera que el 24 de diciembre se dedicó al Azufre y el veinticinco al Perro. La tal reforma duró poco más de diez años, hasta que ese corso, tan genial como guillotinable que fue Napoleón, acabó con ella, si bien resucitó luego, en los días de la Comuna parisina, en la que, en medio de su grandeza y hermosura, hubo muchas mentecateces a cargo de esos pequeño-burgueses que van siempre, borrachos y fascinados, a meter las narices en las barricadas, aunque la Revolución les importe mucho menos que a Bonaparte las lágrimas de Desireé Clary, cuando la dejó por Josefina, y se la pasó a su mariscal Juan Bautista Bernardotte, uno de la bella Pau, para terminar, ya maridados, siendo reina y rey de los suecos.
La Navidad es, incuestionablemente, como quieren aquí y ahora los reformadores, una fiesta invernal, a la que mucha gente asegura odiar, gente que, por cierto, nunca celebra nada porque no sabe más que gruñir y hacer frunces de malestar y desagrado con la boca, el ceño y el puente de la nariz; gente que en esos días sólo bebe, come, compra cosas y recibe regalos que le resultan un estúpido engorro y además le plantean el complicado problema de buscar la manera clandestina de deshacerse de ellos sin levantar suspicacias familiares, y todo ello sucede porque, en realidad, las navidades son cosa de niñas, de niños, de personas que no extraviaron ni asesinaros su infancia. Son días religiosos, porque la religión no implica pertenecer a un credo, a una confesión determinada, a una congregación, a una asamblea o iglesia con sus santo y seña, y lábaros y pendones y banderas, sino ligarse, atarse íntimamente a los viejos sentimientos y a las emociones heredadas, transmitidas por voces de mujeres, cuando llega el sueño, no a las creencias, artículos de fe y dogmas ni al cumplimiento de los mandatos de leyes y códigos. Puede haber religiosos ateos y politeístas, o gnósticos y agnósticos y pude ocurrir también que existan muchos católicos que no lo sean en modo alguno. Durante la Navidad surgen esas ataduras que, desde hace más de dos mil años unen a mucha gente en la noche más larga del año, por muchas y varias razones, pero sobre todo por una fundamental y decisiva como es que de ahí nacen las mejores historias y cuentos que llenaron de luces misteriosas su niñez. Y en cuanto a la Semana Santa, claro que es una fiesta de primavera. Puede llamarse como se quiera, pero siempre se contará que en ella,en el mes judio de Nissán, sucedió una de las más bellas historias del mundo, aunque los iconodulos españoles, adoradores de imágenes, la hayan convertido en un atroz espectáculo turístico, crematísticamente rentable. Quizá con el tiempo y unas cuantas cañas, se encuentre un hito memorable y común a millones de ciudadanos de todo el mundo para que, a partir de él, comience un nuevo cómputo del tiempo y se inicie otra era que no tenga nada que ver con Cristo y el cristianismo. Pero para ello, hay que encontrar a un poeta venal como Fabre d'Eglantine, el loco vate occitane que pensó que, por decreto, el 25 de diciembre debe estar dedicado al Perro y el 15 de Agosto no a la Ascensión de María, sino a los altramuces. Qué psicópatas aguafiestas son los clérigos cerriles y los anticlericales fundamentalistas que nos quieren jorobar siempre las vacaciones y alegrías.