LUIS M. ALONSO
Los artistas del «no a la guerra» han vuelto al escenario de sus grandes éxitos con un manifiesto en contra de «la libertad avariciosa del mercado». Piden otro tipo de política y otros valores para salir de la crisis, pero es como si se lo pidiesen al éter, en vez de al Gobierno, porque el nombre de Zapatero no fue pronunciado ni una sola vez por los firmantes del documento. Ni un guiño siquiera para su ídolo, el hombre de la ceja arqueada.
Los pancarteros de ayer, es decir, los de siempre, siguen siendo la misma cosa. Con el «no a la guerra» increpaban a Aznar que apenas tenía pitos que tocar en aquello, salvo el insistente protagonismo de las fotos. En cambio, cuando reclama medidas económicas y reformas fiscales para salir del atolladero tenemos que deducir que se refieren a un Gobierno al que no citan por su nombre. ¿A quién si no habrían de referirse? Pero tenemos que interpretarlo, porque ellos no están dispuestos a interpelar a los que tienen la responsabilidad de impedir los privilegios a los millonarios que denuncian y de combatir los paraísos fiscales. Cuando hablan de los bancos, dicen que haberles permitido incrementar la deuda es lo que ha provocado la última crisis. De acuerdo. Sin embargo, no se deciden a ponerse una careta de Zapatero o de la ministra de Economía como antes hacían con Aznar. Y eso que en este caso de los bancos, podrían llevar la de todos los gobiernos que hemos tenido y de los que vendrán.
Denuncian también «las políticas neoliberales basadas en reducir la presencia del Estado y el gasto social». Ahí es donde ellos se ven reflejados: o sea, más subvenciones.