Asistimos recientemente al enésimo vaivén sobre El Musel. El ministro de Fomento, José Blanco, desveló que el comisario de Transportes de la UE, Antonio Tajani, apoya la ampliación de la dársena y ve en ella posibilidades para, entre otras cosas, convertirla en un gran puerto de refugio que evite catástrofes como la del «Prestige». Hubo marejada de reacciones en contra y llegaron las matizaciones. Un portavoz de Tajani aseguró que «el comisario no pretende un puerto basura». Y Blanco declaró que la propuesta no es firme y que la sacó a colación para demostrar que esta infraestructura cuenta con respaldo comunitario.
El caso es que la polémica ha dejado al descubierto la esperpéntica farsa teatral en que puede llegar a convertirse la política asturiana, como si nuestros regidores tomaran a los ciudadanos por unos incautos a los que hay engañar por costumbre. Algunos tienen al enemigo en casa. El PSOE repudia las críticas al superpuerto pero se sienta sin empacho a gobernar Asturias de la mano de IU-Los Verdes, demoledor ariete en contra. Los Verdes quieren hacer saltar la obra por los aires ante la UE con su denuncia por los sobrecostes -aun hay riesgos, quedan recursos por resolver- e IU está empeñada en meterla en la arena política española.
La coalición se brindó este viernes a apoyar en el Congreso una comisión de investigación pero, con las mismas, se abstuvo de impulsarla en Asturias. Aunque justificó su incoherencia en la falta de competencias del Parlamento regional para fiscalizar a un organismo estatal como la Autoridad Portuaria, pensó más en la salud de su pacto con el PSOE en el Principado que en otra cosa. Lo de los socialistas son tragaderas. Lo de IU, repicando ante sus bases y yendo de procesión con el Gobierno regional, un papelón.
A los populares les ocurre otro tanto, pero a la inversa. Quieren una comisión investigadora aquí pero se abstienen de impulsarla en el Parlamento nacional. El PP ve en el puerto refugio una engañifa para hacer que Europa sea complaciente con el desfase económico de El Musel a costa de sacrificar el litoral. El galipote del «Prestige» aun está fresco en la memoria. Paradójicamente es un comisario de su propio grupo europeo, Tajani, quien más empeño ha puesto en buscar soluciones a los problemas del puerto, hasta el punto de tomarse la molestia de visitar las obras. Los conservadores sacan la fusta por estos pagos y tienen en La Coruña un descalabro mayor para el que no miran. Por elegir un disparatado lugar para construir el puerto gallego se llevan gastados 283 millones de euros extra, 68 millones más que en Gijón.
La realidad es que la ampliación, la mayor obra pública jamás licitada en Asturias, va a costar finalmente 715,6 millones. La UE pagará 247,5 millones y la Autoridad Portuaria el resto, 468,1 millones, con créditos que tendrá que acabar de devolver en 37 años. Cómo podrá asumir esa financiación, el doble de la prevista, una empresa que ganó el año pasado 9,8 millones es todavía un misterio. De ahí que cualquier movimiento se preste a todo tipo de conjetura.
¿Por qué es necesario este esfuerzo? ¿Qué tiene de bueno para la región? Todavía a estas alturas, cuando queda un año para acabar los trabajos, la Administración no ha sabido trasladar a la opinión pública las respuestas, quizá porque El Musel no era antes una pieza estratégica en su discurso. Juega en contra la apatía con la que actuó durante mucho tiempo la Autoridad Portuaria, cómodamente instalada en los tráficos cautivos que la siderurgia y las eléctricas ponen en la dársena sin mover un dedo. Y también lo contradictorio que resulta justificar un aumento de la superficie portuaria con los muelles vacíos, con un descenso de mercancías de los que hacen historia.
Todo el proceso deja entrever, cuando menos, mucha improvisación. El primer puerto planteado era gigantesco. Se recortó el proyecto a la mitad y los promotores quedaron satisfechos a medias. Por actitudes tan poco rigurosas como éstas, una parte de los asturianos no comprende la necesidad de invertir un dineral en El Musel. Esta descomunal obra carece de sentido si no se aborda con visión regional pero tampoco puede hacerse a expensas de hipotecar al resto de la región o de imponer un cerco presupuestario, por ejemplo, a Oviedo.
En todo lo que atañe a El Musel hay un déficit de argumentos, no porque no los haya sino porque no se exponen. Igual ocurre con el puerto de refugio. No se puede mascar algo así a escondidas, sin debate, ni plantearse en los términos en los que se ha hecho. Escribió Jovellanos, en una de sus cartas, que «nada es tan importante para el país como concluir las obras de Gijón, rematando el proyecto del Musel, para hacer ver que sólo por este medio podrá lograr Asturias un fondeadero para una escuadra de alto bordo». Estamos en las mismas.
El flujo del puerto representa el 11% del PIB regional. Pese a jugar ya un destacado papel en la economía asturiana (que con la ampliación ha de redoblarse o todo habrá sido un fracaso), los asturianos no tienen conciencia de su importancia. Más bien perciben confusión y sospechas. Los tumbos en El Musel acrecientan las dudas. Por eso son necesarias cuanto antes las explicaciones.