ESTEBAN GRECIET
Con la Revolución de Octubre de 1934 perdieron todos, los atacados y los atacantes, los burgueses y los proletarios, los civiles y los militares, nuestros abuelos y aun nosotros mismos. Pero, sobre todo, Asturias entera y, en particular, los más débiles. La revuelta agravó la fractura social, causó una destrucción inmensa, paralizó las inversiones y estigmatizó el mundo laboral asturiano.
Los más damnificados fueron los más modestos y, desde luego, los propios milicianos de a pie, no muy letrados en general. Alentados por el ejemplo ruso del 17, luchaban por una utopía: la dictadura del proletariado. No se puede negar su entusiasmo, su ardor guerrero y el riesgo asumido, reveladores de que creían que los objetivos marcados (el totalitarismo marxista por huir del totalitarismo fascista) merecían la pena y eran alcanzables para mejorar su duro trabajo y su modo de vida.
La realidad fue otra y a muchos de ellos les esperaban el despido, la cárcel, la invalidez o la muerte, además del infortunio de su familia, encandilados por unos dirigentes que los llevaron a la lucha y dejaron después en la estacada. Y es que los que más pierden suelen ser los que menos tienen, porque, por poco que sea, lo pierden casi todo. Es el caso de la población civil, sobre todo en Oviedo, en gran parte formada por empleados, modistillas y pequeños comerciantes, que vivían de su trabajo y no tenían nada de burgueses.
No olvidemos la persecución religiosa, que fue deliberada, y no precisamente por incontrolados: asesinados 34 religiosos y sacerdotes, entre ellos los ocho hermanos de La Salle y un pasionista de Turón, dedicados a hacer el bien; una serie de párrocos y dignidades diocesanas, los siete seminaristas adolescentes muertos a tiros por la espalda, el superior de los Carmelitas, padre Eufrasio, y el párroco de la Corte en Oviedo, don Román Cossío, tras un verdadero calvario. Aunque algunos eclesiásticos fueran acusados de poco sentido social, no se puede negar que la asistencia a ancianos, huérfanos, enfermos y menesterosos en general estuvo secularmente en manos de la Iglesia.
Se introducen ahora dudas sobre la autoría de ciertos hechos, como la quema de la Universidad, que, según la novísima versión, pudo ser debida a los bombardeos de la aviación republicana. Teoría que parece desmontable por las explosiones simultáneas de cargas de dinamita en diferentes puntos del edificio, precisamente en el momento de ser abandonado por los milicianos.
Respecto al caso de Aida de la Fuente, cuya memoria ha sido muy celebrada estos días, la versión que daba la poco sospechosa publicación «UHP», un mes después de los hechos, es que fue abatida en acción de guerra por el búlgaro Ivanov, teniente de la Legión, enviada por el Gobierno republicano. Como demostró Gustavo Bueno hace unos días, la joven heroína, a la que yo mismo atribuyo 16 años en mi último libro, estaba próxima a cumplir los 20.
Una de las odiseas más espeluznantes de aquellos días, que no se ha destacado como merecía, fue la del feroz acoso a la cárcel Modelo de Oviedo. Allí había 230 presos, 32 miembros del personal civil, con mujeres y niños, y unos 40 militares para la defensa. Todos ellos resistieron ocho días sin agua, ni luz, ni víveres, ni teléfono. Lo sucedido en el interior daría para una película de terror.
No se puede negar que aquellos hechos terribles dejaron marcados a los asaltantes y a los asaltados, alertaron al republicano Aranda de lo que podía pasar en el futuro y orientaron su decisión en julio de 1936. López Ochoa, a causa de su actitud en Oviedo, fue expulsado de la masonería, que intervino también, posteriormente, para moderar la represión y conseguir los indultos de la mayoría tras las elecciones del 36.
Sólo fueron ejecutadas las sentencias de muerte de «el Pichilatu» y el sargento Vázquez. El comandante Doval, acusado de excesos, fue cesado dos meses después de su nombramiento. La comisión investigadora del Congreso, formada por Dolores Ibárruri, la socialista Matilde de la Torre y otros dos diputados, no llegó a ninguna conclusión.
El mal estaba hecho y precipitó la división social que condujo a la Guerra Civil, en la que Oviedo volvió a ser destruida concienzudamente. La tragedia humana había alcanzado caracteres apocalípticos y aun desconcertantes, porque quienes, desde dentro, defendieron la República en el 34 tuvieron que defenderse de ella dos años después.