LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
De verdad es ésta toda la caza a la que dan alcance los 300 notables que acaban de firmar un manifiesto donde piden otra política para salir de la crisis que padecemos? ¿De verdad no caen en la cuenta de que lo que más apremia es una regeneración y dignificación de la Política con mayúsculas?
¿Por qué no salen a la palestra pidiendo, antes que nada, decencia?
¿Por qué no ponen de manifiesto que hay cosas que tienen que cortarse de raíz? ¿Por qué no dan la voz de alarma ante la certeza de que no hay suficientes controles ni en los partidos ni en las instituciones para atajar la corrupción? ¿Por qué no ponen todo el énfasis en denunciar que los partidos sólo expulsan de militancia a aquellos que son cogidos con las manos en la masa, pero que, mientras esto no sucede, nadie se preocupa de ello?
Desde el «caso Roldán» hasta el «caso Millet» se viene demostrando que ni los partidos ni las instituciones tienen los suficientes controles para detectar corruptelas, y aquí nadie clama por unos cambios que corrijan esto. ¿Para qué?
¿Sólo otra política para salir de la crisis? ¿Sólo eso? ¿Por qué no se reclama ya un mínimo de decencia en la vida pública, que, al menos, frene los escandalosos privilegios que tienen los políticos? Van a permitirme un ejemplo muy significativo: las dietas que cobran muchos políticos en tanto consejeros de cajas de ahorros. Primero, ¿de verdad alguien se cree que las entidades financieras públicas irían peor sin sus sabios consejos? Segundo, una propuesta la mar de ingenua: ¿por qué no envían los ayuntamientos, si les toca representación en las cajas de ahorros, a economistas que sepan de lo que se está tratando, elegidos mediante un concurso público y, así, se crearía empleo útil?
¿Qué partido político de la izquierda de siglas se atreve a proponer que desaparezcan las canonjías? ¿Qué partido político de esa misma izquierda de siglas aboga por frenar el despilfarro de dietas, viajes y sueldos fantásticos, que salen, obviamente, del sagrado dinero público?
¿Sólo otra política? ¿No se les ocurre pedir a estos notables que haya cambios en el mundo sindical? ¿No quieren ver que los sindicatos, aparte de ser y estar cada vez más sumisos, tienen dependencias manifiestas de los gobiernos de turno?
¿Sólo otra política? ¿Por qué no se atreven a proponer, por ejemplo, que se hagan lecturas valientes de la abstención y del voto en blanco?
Porque, haya mayor o menor participación electoral, esto no repercute en el cómputo total de escaños en los parlamentos ni de ediles en los ayuntamientos.
¿No les lleva a ninguna conclusión lo que acaba de suceder en Valencia y en Cataluña? ¿No quieren ver que existe una corrupción generalizada que debe ser combatida antes que ninguna otra cosa?
¿Sólo otra política? ¿Qué esperaban que se hiciese las ilustres personalidades que en la pasada campaña electoral participaron en la carnavalada de la ceja? ¿De verdad se creían que, ante la crisis, se actuaría de otra forma?
Si la candidez (ji, ji) no es eximente en política, tampoco debería serlo para quienes se reclaman fuerzas de la cultura cuando se trata de intervenir en la vida pública.
¿Y no es desolador que estas ilustres y reputadas figuras que firman este manifiesto no tengan a bien hacer un análisis lúcido y profundo de la situación que padecemos, en lugar de firmar un manifiesto que, en el mejor de los casos, no pasa de un recetario de buenas intenciones que podemos suscribir en su mayor parte?
¿No hay entre todos los firmantes personas con capacidad de hacer un diagnóstico de lo que nos pasa? ¿Se imaginan que Unamuno se hubiese conformado con algo así sin entrar a fondo en los problemas, sin ofrecer un juicio en profundidad de lo que acontece en el país?
Nada que oponer a que las leyes del mercado deben ser corregidas. Para eso no hace falta ser muy rojos: algo así, con mayor o menor grado de demagogia, lo sugirió el presidente francés, que es de derechas.
Pero, por favor, vayan un poco más allá. Exijan una ley de financiación de partidos que apueste de verdad por la transparencia.
Demanden controles que eviten las escandaleras que estamos sufriendo.
Proclamen todo lo alto y claro que les sea posible que no es de recibo que la mal llamada clase política se haya convertido en una especie de casta privilegiada que goza de impunidad. Tengan al menos la ambición intelectual de interpretar lo que nos está sucediendo con valentía, rigor e independencia.
Antes de abogar por unas u otras medidas, por unas u otras políticas, lo primero de todo es la decencia; lo primero de todo es el respeto a la ciudadanía. Y cuando algo así falla, o se encara lo que hay, o, de lo contrario, no se va más allá del chocolate del loro. Y no estamos, ciertamente, para esas cosas.
Aquí no hay un partido santo, puro y casto que se preocupa del interés general, y otro, pérfido, de intenciones bastardas. Lo que hay es una impostura intragable por parte de esos partidos, que no están dispuestos en modo alguno a lograr acuerdos para que la vida pública de este país deje de ser el patio de Monipodio.
Subir impuestos y mantener prestaciones sociales, al tiempo que los pelotazos se siguen dando, al tiempo que los políticos tienen canonjías inmerecidas, es echar flores sobre estercoleros.
Tampoco estaría mal no conformarse con la mediocridad, y exigir, al menos en el mundo intelectual, la excelencia, que empezaría por evitar topicazos y jerigonzas en sus discursos y manifiestos.
Mucho circo, mucho enredo. Demasiado.