FÁTIMA FERNÁNDEZ MÉNDEZ
ESCRITORA Y PROFESORA
Vuelve a salir a la palestra, señal de que sigue latente, el hecho de cambiar significativamente, en Cataluña, los períodos vacacionales en los centros docentes.
Esta pretendida modificación, no se fundamenta como solución al varapalo que el informe PISA proporciona a algunas de las autonomías españolas, en especial a Cataluña, penúltima entre diez, sino en el hecho de que las vacaciones de verano son muy largas y se precisaría de un reequilibrio con las vacaciones de Navidad (que pasarían a llamarse de invierno) y las de Semana Santa (que pasarían a llamarse de primavera). Esto haría que no solo la enseñanza fuese laica, sino también los motivos vacacionales. ¿Alguien entendería que los cierres de los colegios por las festividades de acción de gracias o la fiesta del cordero, en los países en los que se celebran, fuesen denominados por otro nombre que nada tuviese que ver con dichas fiestas?
El cambio de nombre no dejaría de ser una anécdota, comparado con los trastornos que a nivel social y laboral desencadenaría tal medida. Sin despreciar otras consideraciones, serian básicamente dos, a mi entender, los aspectos que harían inviable este pretendido cambio.
De una parte, se crearía un conflicto con la habitual programación que las empresas hacen para sus vacaciones. Por lo general, éstas adaptan sus necesidades adecuándolas a las solicitudes de sus empleados, que suelen coincidir con el período vacacional de verano de sus hijos, sin necesidad de cubrir puestos de trabajo para plazos de tiempo muy cortos. Las empresas pueden asumir una reducción temporal de plantilla repartida en tres o cuatro tandas vacacionales de verano, pero les sería muy difícil soportar reducciones superiores, por lo que parte de las vacaciones no podrían ser coincidentes con la de los hijos (exceptuando las empresas que cierran por vacaciones, circunstancia que no siempre es posible).
Analizado desde el punto de vista pedagógico, las vacaciones de verano son: «las vacaciones», y es la etapa en la que el alumnado puede desconectar de sus obligaciones y realizar actividades que por falta de tiempo o por razones climatológicas le es imposible hacer el resto del año. Pero Navidad y Semana Santa, con independencia del carácter religioso, son períodos de descanso tras los cuales al alumno no le supone mucho esfuerzo retornar al ritmo de las clases.
Cualquier intento de equilibrar las vacaciones escolares, además de incidir en el mundo laboral, desde el punto de vista pedagógico supondría efectuar tres «desconexiones», lo que exigiría un esfuerzo redoblado a profesores y alumnos para cumplir programas y objetivos.
Los políticos deberían ser conscientes de que en educación hay mucho, yo diría muchísimo, donde meter el bisturí, pero las partes sanas, mejor no tocarlas.
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