JAVIER NEIRA
Desde el principio, allá por el mes de enero, era presumible que la gran cacería política en marcha -en donde las piezas las pone el PP- se podía convertir en un bumerán contra los cazadores -las mejores escopetas del PSOE- y sus jaurías, secretarios, ayudantes, intendentes, animadores y colaboradores necesarios en general.
Bueno, ya lo es puesto que es pública la existencia de un sistema que permite pinchar todos los teléfonos de los españoles de forma simultánea. Si se puede hacer se hace, que no le quepa a nadie ni la menor duda. Funciona desde hace cinco años y los frutos a la vista están: los populares en solfa o incluso rumbo a la cárcel.
¿Qué hace Rajoy? Pues echar a Esperanza Aguirre. Es como ese tópico machista y cobardón -valga la redundancia- que en el trabajo es humillado a diario porque no se atreve a defender su dignidad pero cuando llega a casa afirma con su mujer la personalidad de la que carece.
El PP no se atreve a enfrentarse con el Gobierno que lo maltrata -ayer el juez Suárez Robledano comparó esas escuchas con el «Watergate»- y para levantar la arruinada autoestima la emprende con la presidenta de Madrid. Cobo, mano derecha de Gallardón, la ha insultado y como si nada -sigue de vicealcalde- y encima Rajoy, arquetipo del perdedor, parece dispuesto a acabar definitivamente con la que de verdad gana en el PP.
La cacería que lanzaron los socialistas y compañía en enero se ha vuelto como un bumerán, decía. Si el PP fuese un partido normal, a estas horas Zapatero estaría recogiendo sus cosas en la Moncloa. Pero no, es al revés, el escándalo sirve para debilitar aún más a las víctimas que, incluso, están dispuestas a sacrificar a su mejor cabeza para aplacar la sed de mal del monstruo que espía sin derecho, denuncia con materiales ilegales, calumnia mediante grabaciones inaceptables y mete en la cárcel a quien le place.
Nueva versión del mito del cazador cazado: el masoquista al que le va la marcha.