JAVIER GÓMEZ CUESTA
PÁRROCO DE LA IGLESIA DE SAN PEDRO EN GIJÓN
Popularmente, el mes de noviembre ha tenido un acento de recuerdo, memoria y oración por nuestros seres queridos difuntos. El tiempo del otoño, con el amarillear de las hojas que van dejando a la naturaleza con ese color sepia nostálgico, ambienta y obliga al corazón a revivir amores, historias y acontecimientos de aquellas personas, familiares y amigos que ya no están con nosotros. Los echamos de menos con honda añoranza. Eso, antaño, cristalizó en la devoción popular a las benditas ánimas del purgatorio y en oraciones y cánticos más bien lúgubres y, a veces, hasta tétricos, que solían reunir, en el mes de noviembre, a los feligreses -hombres y mujeres- en el templo parroquial al caer de la tarde para rezar el rosario y hacer el ejercicio ritual de las ánimas.
Cada costumbre y expresión tiene su explicación cultural que conviene tener en cuenta para saber atinar con la crítica que podamos hacer. En concreto, las formas devocionales por los difuntos que han vivido nuestros padres, y que ha impulsado la pastoral parroquial de la iglesia hasta el Concilio Vaticano II, eran tributarias del Concilio de Trento y de un ritual de exequias elaborado y promulgado en 1614 por el Papa Pío V -tan de actualidad y debate por la misa en latín- como fruto de la reforma litúrgica tridentina tantos años en vigor.
El concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, reflexionó de nuevo sobre las exequias y quiso devolverles el sentido que tuvieron en los comienzos del cristianismo, poniendo de relieve su carácter pascual, subrayando la actitud de esperanza que debe respirar toda la celebración, fundamentada en la muerte y en la resurrección de Jesucristo de la que participaremos y llamando la atención a tener en cuenta las diversas culturas, dotadas de expresiones propias para manifestar el sentimiento y la forma de encajar y celebrar con ritos y símbolos la muerte de los seres queridos. Así lo pidieron expresamente, y con todo derecho, los obispos africanos y asiáticos. El mismo color negro que a nosotros nos sugiere luto para otras culturas es el color blanco el que tiene ese simbolismo.
¿Cómo celebraban los primeros cristianos los ritos funerarios? Como lo hacían en la Roma y Grecia en aquel tiempo. Arreglaban los cadáveres con esmero, los pintaban, perfumaban y los adornaba con flores. Los despedían con lamentaciones y plañideras y, una vez incinerado, celebraban el banquete mortuorio. Pronto, los cristianos, comenzaron a introducir modificaciones importantes fruto de la distinta convicción y sentido sobre la muerte, teniendo como referencia la muerte salvadora de Cristo. En vez de lamentaciones y plañideras, entonaron cantos y salmos; en vez del banquete mortuorio, la celebración del banquete Eucarístico y la participación del Pan de Vida, hasta tal punto que comenzó a ser más significativo el día de la muerte que el del nacimiento, como verdadero «dies natalis»; y, en vez de la incineración o cremación, la inhumación del cadáver en la tierra.
Cristo no fue incinerado, sino introducido en el sepulcro, según la tradición bíblica, que consideraba la inhumación más afín a la retribución futura y a la resurrección de los muertos. Como Cristo, resucitaremos siendo nosotros mismos transformados. El marcado simbolismo occidental que adquirió la liturgia de la Iglesia hizo que la forma disciplinar de las exequias fuese la inhumación o enterramiento del cadáver («humus» tierra) y se prohibiera expresamente la incineración, hasta tal punto que ésta fue tildada como «costumbre bárbara y cruel». Se olvidaba el simbolismo positivo de purificación, ofrenda y signo sacrificial que tiene, también en la Biblia y que está presente, por ejemplo, en la India, que colocan los cadáveres en esas piras de fuego, en un rito lleno de simbolismo, como hemos visto televisado el de Indira Ghandi.
Esta severa disciplina se mantuvo en la Iglesia católica hasta mediados del pasado siglo XX. Fue al comienzo del Concilio Vaticano II, el 5 de julio de 1963, cuando aquel temido dicasterio romano, el Santo Oficio, hizo pública una instrucción, llamada «Piam et constantem», en la que anticipa ya lo que el nuevo Derecho Canónico, en el canon 1176, 3 dice: «La Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana». Antes era ya una práctica bastante utilizada en las iglesias cristianas del norte de Europa. Según mis notas, en España, fue en Barcelona, en el año 1983, cuando se abrió el primer horno crematorio. Hoy ya es muy habitual la incineración y se pide que, en estas celebraciones, se haga lo posible por explicar su dignidad y simbolismo que puede ser bien comprendido por las personas de hoy, aunque hayan sido motivaciones prácticas las tenidas en cuenta para optar por la cremación.
El actual ritual de exequias ofrece celebraciones para los funerales con las cenizas del difunto que, en la primera edición, solicitaba que la cremación fuese realizada después del funeral y que, a petición de los obispos canadienses, ahora puede hacerse la liturgia con la presencia del ánfora de las cenizas.
A mí lo que menos me gusta y no haría nunca con alguien de los míos es esparcir sus cenizas por el campo a arrojarlas a la mar. Pero no he visto, hasta hoy, ninguna prohibición por parte de disciplina de la Iglesia. Desconozco si tiene previsto dar alguna norma en un próximo futuro. Lo que sí es verdad que, enterrado o incinerado, el cuerpo del difunto es un signo de referencia para expresarle nuestro cariño y recuerdo en el lugar que lo depositamos. El sepulcro es un reclamo para su memoria y oración por él. Para manifestar, yendo junto al sepulcro, que el amor es más fuerte que la muerte y que, como Cristo resucitó del sepulcro, nuestro familiar difundo resucitará también.