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Pastoreando

n Más que un pastor, al PP le falta un mastín español

 
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CARLOS SANTULLANO Manuel Pizarro, el gran fichaje del PP en las últimas elecciones y, desde que es diputado, en la tercera o la cuarta fila, ha sido, creo yo, quien mejor explicó hace días la situación que vive el PP. Ha usado la metáfora del rebaño, que necesita un pastor (no varios) para que la cosa no acabe en desbandada. Pero Pizarro no fue el único que habló del asunto últimamente. Desde hace un tiempo se ha vuelto un lugar común aludir a la falta de liderazgo y contundencia de Rajoy, su falta de carácter o exceso de chapeta (hay quien lo llama pasotismo, incluso galvana). El propio Mariano tuvo que salir a la palestra, dar un golpecito (no un zapatazo) en la mesa y decir que se le había agotado la paciencia.

Un partido, como un país, como un hogar, como un equipo deportivo, como una empresa, como un rebaño, efectivamente necesita un líder que marque el camino, ejerza la autoridad, cohesione la heterogeneidad a fin de llegar a una meta y que la jugada no sea la casa de la Troya. En fin, que mientras el mundo sea mundo, para que no sea la monda, necesita un mando. El mismo Aznar, que fue quien nombró a Rajoy como sucesor a título de rey (aunque sin corona), dijo hace días, desde la altura de la fundación Faes (y su palabra, aún, en el PP sigue yendo a misa), que un partido necesita no diecisiete o diecinueve líderes, sino uno.

En fin, que en esto no parece que haya duda.

Pero, al margen de que Rajoy tenga o no condición y aptitud para pastorear la manada pepera, en las últimas décadas, el liderazgo unipersonal es imprescindible pero no suficiente en el sistema español de partidos. Desde que el tándem Felipe-Guerra, luego Aznar-Cascos, más tarde Zapatero-Blanco, marcaron estilo, parece que el esquema que triunfa en España es el dualista, el del poli bueno y el poli malo, el papá y la mamá, el ying y el yang. Así que no sé yo si quien falla ahora es Rajoy por paciente o la encantadora Cospedal por blandengue.

¿Qué le falta al PP? Pues más que un pastor, quizás un perro pastor. No un dóberman, por supuesto, sino (más aún en el caso del PP) un mastín español.

¿Qué aúlla el lobo? Pues a cara de perro y al cuello. Y nada de dudas. Para dudas ya está el pastor.

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