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Panza arriba

La pintada

n De madrugada, unos chicos meaban contra un muro y pintaban una esvástica mal hecha

 
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La pintada
La pintada  

ISMAEL MARÍA GONZÁLEZ ARIAS A veces madrugo con espíritu deportivo. Tampoco demasiadas veces. Mucho deporte tampoco es nada bueno. Por más que madrugue siempre me encuentro con alguien de regreso. Si tiro por Mariana camino de El Rancho, siempre vuelve uno de Polio. Si me acerco al Picu Siana, los pillo de regreso del Llosoriu. Si subo por La Rebollá hasta El Padrún para volver por Baiña, me los encuentro a la inversa, los que vienen por Ablaña y suben por Baiña hasta El Padrún.

En fin, que a la hora que madrugue, con el alba puesta, riscando el alba o simplemente de noche, siempre hay otros que madrugaron más. Cuando no están de doblete. A estos me los encontré en mi última madrugada. Meando contra un muro y haciendo una pintada. Aprovechando la sobradura de alcohol y el envalentone de ir en pandilla. Nada de graffiti ni ningún tipo de arte de spray. Una esvástica. Mal hecha. Pero esvástica. Seguro que pretendían que fuera nazi. Pero, en su ignorancia, sencillamente reproducían el símbolo hindú de la reencarnación.

Hace poco leí la biografía de sir Moses Haim Montefiore, filántropo judío inglés de finales del siglo XIX. En una cena en Londres coincidió con un conocido antisemita. Queriendo hacerse el gracioso le dijo:

-Tendría usted que conocer Japón. Es el único país del mundo donde no hay ni cerdos ni judíos.

-Hombre -le dijo sir Moses-. Pues allí deberíamos irnos usted y yo para que tuviesen una muestra de cada especie.

Paso al lado de los jóvenes meones y pintadores. A dos de ellos los conozco. Esto es Mieres. O estudié, o trabajé o coincido con sus padres tomando vinos. Tanto la meada como la pintada no apuntan más que a su falta de educación y a su escasa inteligencia. Podría entenderse por sus pocos años. Tampoco es cierto. Son muchos más los que, con los mismos años, tienen bastante más de ambas.

El tiempo, no obstante, todo lo borra. O, al menos, lo difumina. Nos acordamos perfectamente de los de nuestra edad que vistieron camisa azul hasta las primeras elecciones. Fue entonces cuando se puso de moda la expresión cambiar de camisa. Muchos lo hicieron. Algunos simplemente pusieron un jersey encima. Y, todavía ahora, que da la sensación de que ha pasado mucho tiempo, les siguen asomando los cuellos.

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