FRANCISCO SÁNCHEZ
El próximo lunes se acaba una de las grandes ventajes de los teléfonos móviles de tarjeta, que era su anonimato. A partir de ahora, todos fichados. Se esfuma así uno de los pocos ámbitos de libertad que nos quedaba.
Nos aseguraban que, con las nuevas tecnologías, se incrementaba la libertad y el poder de la chusma teóricamente soberana. Así nos vendieron los teléfonos de tarjeta, que nos permitían relacionarnos en la distancia con quien fuera, ajenos a todo control. Así promovieron Internet, como espacio virtual en el que toda relación era posible. En cuanto fueron millones los que se engancharon a esos mecanismos, caímos en las redes. Los de las tarjetas, a presentar la «papela con cara», que era como llamaban los moros al carnet de identidad tras la guerra civil. Los de Internet, a tentarse las carnes, que acaba de aprobar el Parlamento europeo un reclinatorio para que pase por taquilla todo aquel que se le ocurra bajar una cancioncilla, bajo pena de quedarse sin el cacharro.
Naturalmente que todo esto se hace por nuestra seguridad. Dicen que, con todo controlado y vigilado, será más difícil que nos ataquen los malos. De esta forma, cada vez hay menos espacios que pasen desapercibidos para nuestro buen padre gobernante, que tanto nos quiere y nos cuida tanto. Apenas queda ya lugar donde no haya una cámara de cine que todo lo recoge. Ahí está el sistema Sintel, ese que graba todas las conversaciones telefónicas. Cada vez es más difícil hasta mover un dedo sin que quede registrada la acción o, al menos, sin que tenga uno que identificarse con todos los sacramentos. Y allá van todos nuestros datos a un fichero.
La verdad es que nuestro benefactor padre tiene mala conciencia de su exceso de celo. Para contrarrestar su ojo ubicuo, que todo lo ve, promulga unas normas de protección de datos de carácter personal, que obligan a colocar miles de carteles o a entregarnos unas larguísimas letanías, donde nos explican el porrón de inútiles derechos que tenemos para que se borren o rectifiquen nuestros datos de los millones de ficheros existentes que, si fuéramos a leer todo lo que nos informan o a ejercer tales derechos, tendríamos que dedicarnos en cuerpo y alma sólo a eso. Incluso crean unos organismos con señores muy conspicuos que, como alguien se pase un pelín en esto de que no nos expliquen nuestro derechos imposibles, le arrean unas multas de no te menees.
Si seguimos por este camino llegará un día -no muy lejano- en que, por ejemplo, cada vez que abramos el frigorífico o tiremos de la cadena de la cisterna, quedará registrado el evento, aunque, eso sí, una voz nos explicará que tenemos derecho a que se borre del fichero correspondiente la cagada grabada el día tal, mediante escrito dirigido a tal, identificando el archivo tal, acompañando fotocopia de tal, y etcétera.