LUIS M. ALONSO
Angela Merkel ha hecho memoria de la noche en que se celebró la caída del Muro de Berlín. «Me retiré pronto porque al día siguiente madrugaba». Resulta fácil ver a una alemana detrás de esas palabras. Y mucho más a la Canciller, que a fuerza de ser seria resulta de lo más gracioso, entendiendo gracioso por atractivo. Imagínense los lectores un caso de responsabilidad similar ante las horas de descanso en un país como el nuestro. Imposible.
La «noche de las noches» se habría celebrado en España hasta la noche del día siguiente y aún quedarían arrestos para prolongar la celebración dos y tres días más tarde. Pero no por un sentido de la libertad o de la historia, no se equivoquen, sino por un afán indesmayable de juerga. Tener la necesidad imperiosa de madrugar al día siguiente sólo sería una disculpa para acostarse más tarde y levantarse más cansado.
Los políticos se supone que tienen que madrugar el día siguiente de unas elecciones, que suelen caer en domingo, pero sí las ganan no hay que preocuparse de lo que pueda ocurrir por la mañana. Uno tiene el mismo derecho a ser político en España y estar dormido que obligación un alemán de mantenerse despierto si lo que se trata es de trabajar y cumplir con la responsabilidad que tiene asignada.
Merkel, hija de un pastor luterano, no se dedicaba entonces a la política, pero era una berlinesa del Este lógicamente satisfecha por el rumbo que habían tomado las cosas. El 13 de noviembre, daba una conferencia en una universidad polaca sobre física celular y el día antes, en vez de celebrar con los suyos lo que estaba ocurriendo, se encerró con los apuntes y no quiso saber nada más del Muro hasta la vuelta. Los polacos, según ella misma cuenta, se quedaron estupefactos. Ya se habían resignado a suspender la charla y no querían hablar de física, sólo del final del telón de acero. Pero Merkel se empeñó en no estafarlos.
Igual que aquí.