ALBERT CANO
A falta de referencias importantes, las elecciones para elegir a los gobernadores de Virginia (Estado sudista) y New Jersey (en la costa Este, prodemócrata) constituyeron el primer test electoral de la era Obama en EE UU. Sin que puedan extraerse conclusiones definitivas, las derrotas demócratas en dichos estados han evidenciado los límites del efecto Obama.
Los comicios en Virginia eran significativos. Obama ganó allí el año pasado y se convirtió en el primer demócrata en hacerlo desde 1964. Hubo quien auguraba un cambio de tendencia general a favor del partido del presidente. Pero el triunfo del aspirante republicano (con casi 20 puntos de ventaja) ha desmentido esta visión.
Peor ha sido la derrota (por escaso margen) de los demócratas en New Jersey, a manos de un republicano moderado. Ni siquiera el apoyo presidencial al gobernador demócrata en los últimos días de campaña sirvió para levantar el vuelo en una zona donde los republicanos deben moderar mucho su mensaje para ganar.
Y ahí está otra de las señales (para la oposición) que endulzan la derrota demócrata: el partido republicano ha vencido al suavizar su mensaje (y, en cambio, ha perdido cuando lo radicalizaba: como en un escaño del Estado de Nueva York, caído en manos demócratas por primera vez desde? la guerra de Secesión).
En todo caso, Obama deberá considerar otro dato: los votantes independientes (a diferencia de en 2008) se han inclinado por los republicanos. Y los congresistas centristas, pendientes de su reelección el año próximo, podrían rechazar algunos proyectos del presidente, acosado por la crisis (con un 10% de paro) y con una popularidad del 50% (casi el mismo apoyo que tuvo frente a McCain).
El halo del «yes, we can» se esfuma.