JESÚS DEL CAMPO
Se acuerdan del final de «Raíces profundas»? Alan Ladd se aleja montado en su caballo, rumbo a un horizonte quebrado de montañas mientras se oye la voz de un niño que grita «¡Shaaaane! ¡Shaaaane!» El héroe parte hacia la soledad sin mirar atrás. ¿Dónde está el quid? En que no hay beso. Hollywood nos había enseñado que un beso significaba «The end». Ahora que la puerta de Brandenburgo es noticia, recuerdas otro beso que también dio carpetazo a muchas cosas: el que se dieron, con una fraternidad conmovedora, Gorbachov y Erich Honecker. Pedazo de ósculo. Uno sospecha que los comunistas españoles siempre observaron esas efusiones con cierta desconfianza; quedaban raras, eran un barbarismo. En el caso de Gorby y Honecker, hay además ese rastro invisible de intenciones distintas que le dan al beso en cuestión un hálito de drama inminente. Los dos saben que es el fin. Y han pasado veinte años desde el fin. Siempre habla uno de tiempo. Ves la cara de Francisco Ayala y es tiempo puro: hay en ese rostro cicatrices de vejez, perplejidad ante sus empujes, debilidad forzada por los años, pero también hay, si se fijan ustedes en el ojo derecho concretamente, un reflejo indómito de rebelión, una firmeza de sabio que no se rendirá salvo cuando él quiera. Tiempo y más tiempo. Han pasado veinte años desde la caída del Muro, que fue calificada como uno de los acontecimientos del siglo veinte. Sin duda. Decir en cambio que fue «el acontecimiento» así, en singular, sería aventurado. Como en tantas cosas, el fútbol lo demuestra: hubo diez o doce partidos del siglo en la década de los noventa. Estar metidos en un siglo joven nos libra de fórmulas tan tontas.
Honecker y sus colegas se vieron quizá sorprendidos por el tiempo también. Construyeron un muro que llamaron defensivo. Las trompetas de Josué derribaron las murallas de Jericó. El rock hizo temblar los cimientos del Muro berlinés; era un agente vírico -no el único- contra el que el sistema de la RDA no pudo inmunizarse. Y hubo después aquel concierto de «The Wall», con Roger Waters a la cabeza, y Van Morrison cantando «Comfortably numb». Confortablemente adormecido no es un mal estado. Un 5 por ciento de los asturianos no parece estar de acuerdo: admiten haber probado la cocaína al menos una vez. En la misma página lees que Asturias es la región donde se come más pan. También hay tiempo entre una noticia y otra. El pan es una tradición, además de una necesidad básica; figuró en consignas políticas de diverso signo cuando era escaso. La cocaína, en cambio, es cosa más moderna, pelín impregnada de lujo de nuevo rico. En fin. Siempre me pregunto cómo le fue a Shane en las montañas.