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Juan Pablo II, la fuerza revolucionaria del espíritu

n El vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín y la personalidad del entonces Papa

 
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Juan Pablo II, la fuerza revolucionaria del espíritu
Juan Pablo II, la fuerza revolucionaria del espíritu  

JAVIER GÓMEZ CUESTA PÁRROCO DE LA IGLESIA DE SAN PEDRO EN GIJÓN No hay que levantar muros, sino tender puentes», exclamó con voz tensionada y convencida el entonces cardenal de Cracovia, K. Wojtila, en conversación con un periodista ante el muro de Berlín. La mítica ciudad, protagonista de los acontecimientos históricos más trascendentales de la segunda mitad del siglo XX, celebró ayer el vigésimo aniversario de su caída, aquel anochecer del 9 de noviembre de 1989 que, con gozo eufórico y alegría desbordante, todos pudimos contemplar por televisión. Casualmente, un equipo de TV española estaba en la Embajada de España y pudo retransmitir cómo, en el puente de Bornholmer, un policía abrió la barrera, diciendo: «Pueden pasar». Algo muy importante estaba sucediendo y ¡éramos testigos oculares!

Con la ciudad y sus habitantes ha querido celebrarlo Europa y todo el mundo libre. El hecho ha sido tan sorprendente, tan inesperado en aquel momento y realizado de forma tan pacífica, tan popular, que todos los historiadores y observadores se preguntan qué pudo ser el detonante o quiénes fueron las personas influyentes y de poder que con sus políticas derribaron el que fue el signo más notable y expresivo de la guerra fría. Nos parecía inexpugnable. El mismo E. Honecker había dicho, en el mes de enero anterior, en respuesta a algunas protestas populares: «Este muro seguirá 50 o 100 años más».

Ese muro de 155 kilómetros de hormigón, ladrillo y alambradas comenzó a levantarse, por más de 50.000 obreros soviético-germanos, inesperadamente, el domingo 13 de agosto de 1961. En apenas 53 horas había dividido la ciudad. Cogió desprevenidos no sólo al alcalde W. Brand, sino a todos los líderes mundiales, empezando por el mismo presidente Adenauer y el norteamericano J. F. Kennedy, que no supo cómo reaccionar. Desde el primer minuto estuvo custodiado por miles de soldados con orden de disparar a cualquiera que intentase atravesarlo, 265 perdieron la vida por intentarlo y más de 5.000 milagrosamente lo consiguieron.

Se derrumbó de manera inimaginable por la presencia primero de unos grupos de jóvenes, luego de una ingente multitud alborozada, que oyeron la rueda de prensa que tuvo ese día, a las 18.53 horas, en el Berlín Oriental, Günter Schabowski, antiguo dirigente de la RDA, en la que anunció que los ciudadanos podrían viajar a donde quisieran obteniendo al día siguiente un visado. El primer viaje de los alemanes orientales iba a ser corto, pero el más anhelado: al Berlín occidental, el viaje ansiado a la libertad, derribando el muro de la vergüenza. Fueron veintiocho años no sólo de división de la ciudad y de Alemania, sino de Europa y del mundo, en dos bloques antagónicos, el uno el de la democracia y la libertad; el otro, el soviético, el del socialismo real custodiado y mantenido por la fuerza.

Había como una necesidad de celebrar este 20.º aniversario. Berlín puede verse como el símbolo de una nueva Europa soñada, unida, pujante, libre, vigorosa, tallada y engrandecida por haber cultivado y curtido su historia, como fruto de una cultura común, con los valores y los derechos humanos que fundamentan la dignidad de la persona. Pero esta Europa nueva no acaba de cuajar en su identidad, de encontrar su nuevo camino, de forjar su consistencia, de ser ella misma, como dijo proféticamente Juan Pablo II en Santiago de Compostela, precisamente un 9 de noviembre de 1982 -la palabra anuncia el signo-: «Europa, vuelve a encontrarte, sé tú misma. Aviva tus raíces? revive aquellos valores que te hicieron gloriosa», palabras que repitió luego en diversas ocasiones.

Indiscutiblemente, Juan Pablo fue un gran europeísta. Que su elección como Papa iba a tener una gran repercusión en el contexto político e ideológico europeo lo sospecharon muchos. Escrito está que Enrico Berlinguer, secretario general del partido comunista italiano, el enterarse, exclamó: «Es lo peor que nos podía pasar». Fue el gran acierto del cónclave y del Espíritu Santo. Hacía cuatro siglos que no era elegido un Papa que no fuera italiano. El de ahora era polaco, de la Europa del Este, donde la Iglesia estaba sufriendo una gran persecución, y tenía 58 años, es decir, con energía, fortaleza y mucha vida por delante. Funcionarios de la KGB revelaron que cundió el pánico en Moscú al saber quién había sido elegido por la recia personalidad y nivel intelectual acreditado en coloquios y debates sobre el socialismo real. Lo presentó como papable el cardenal de Viena Köning, que juntamente con el cardenal Casaroli eran grandes conocedores de la situación de Europa y artífices de la Ostpolitik que dio tantos resultados positivos en la dificilísima relación de la Iglesia con los países del otro lado del telón de acero.

La conmemoración de este vigésimo aniversario de la caída del Muro tiene una especial relevancia. La concesión del premio de la Concordia de la Fundación Príncipe de Asturias fue un acierto y le ha dado una gran proyección mundial y profunda significación. Puede servir para una nueva reflexión sobre la situación actual europea ante los problemas políticos y económicos que se le presentan y los nuevos movimientos de Rusia, que hacen temer una nueva tirantez. Como escribe Gorbachov: la desconfianza no ha sido superada.

¿Quién puede llevarse la bandera de haber provocado ese acontecimiento histórico, entonces impensable, de la caída del Muro? Hay tantas opiniones como historiadores. El alcalde de Berlín, al recoger el premio, afirmó en su breve discurso que «la revolución pacífica de la gente de Berlín y otras ciudades de la RDA no hubiera sido imaginable sin los acontecimientos previos en Polonia?». Aquí está la clave. Hace unos días hubo un acto de agradecimiento a tres ex mandatarios que sin duda tuvieron mucho que ver: H. Kohl, G. Bush (senior) y, sobre todo, M. Gorbachov.

El dirigente alemán, ahora en silla de ruedas, aludió a Juan Pablo II y su gran contribución al cambio de la situación. Pero el más explícito, en diversas ocasiones, ha sido el dirigente ruso, inspirador de la famosa Perestroika, que llegó a tener por el Papa eslavo una gran simpatía. En las crónicas que relatan la entrevista larga que tuvieron los dos en el Vaticano, poco después de la caída del Muro, se cuenta que, al final, en la despedida, Mijail le confesó con sinceridad: «Soy un ateo no practicante». Las memorias de este dirigente ruso no dejan lugar a duda sobre «el papel preponderante y decisivo» que tuvo Juan Pablo II en el cambio de Europa: «No habría sucedido sin la presencia de este Papa y el gran papel -también político- que ha sabido jugar en la escena mundial». Fue en esa visita cuando Juan Pablo II le expuso esta imagen que cautivó al político de la glasnot: «Europa no puede permitirse respirar con un solo pulmón; tiene dos pulmones y tiene que respirar con ellos».

Las primeras palabras al mundo entero de Juan Pablo II, una vez elegido, fueron enigmáticas y sorprendentes, con voz grave, sonora y convincente: «¡No tengáis miedo!». Como si la Iglesia y el mundo estuvieran acobardados y sin energía para cambiar la situación de esa Iglesia y ese mundo que él quiso poner desde el primer momento en relación directa y comprometida. «Nadie tiene derecho a echar a Jesucristo de la Historia» fue su lema de trabajo. «El cristianismo es una religión de la acción de Dios y de la acción del hombre». Y transmite con su acusada personalidad la capacidad transformadora de la fe.

Tan pronto como pudo, siguiendo el estilo misionero de Pablo VI, preparó el viaje a su Polonia natal. Será su segunda salida después de asistir en México a la Conferencia Latinoamérica de Puebla. Su tierra está muy preparada y cultivada para que la semilla de sus palabras haga gestar los primeros frutos. Fueron nueve días, del 2 al 10 de junio de 1979, de intensa comunicación con su pueblo. Medía las palabras, pero tenían una inequívoca intencionalidad y una fuerza movilizadora. Enardecía a sus compatriotas aquel hijo de Polonia. Allí, en ese viaje, se gestó el primer paso de la revolución pacífica.

Un año después se forma el sindicato Solidaridad, con Walesa al frente y miles y miles de obreros de Gdanks que van a comulgar antes de ir al trabajo o la huelga. «Nos dimos cuenta de que éramos capaces de organizarnos solos», afirma Mazawiescki. El espíritu de Polonia, que no iba explícitamente contra nadie, sino que intentaba alcanzar un nuevo futuro de libertad y dignidad de la persona, tuvo pronto un efecto dominó en las naciones del área soviética.

1989 fue un año distinto, de cambio histórico. Tanto que el propio Papa, en la importantísima encíclica «Centesimus annus», su tercer capítulo lo titula con esta fecha. «El año 1989». En él hace una amplia descripción y análisis de lo que ha sucedido ese año, cómo se ha gestado y el futuro de Europa que hay que cuidar. Sigue siendo iluminador para este momento que atravesamos, porque la historia es la mejor maestra.

En l996 realiza su tercer viaje a Alemania. Uno de los momentos emocionantes ha sido su presencia y discurso en la Puerta de Brandeburgo. Allí fue un grito por la libertad: «En este lugar, tan lleno de historia, me siento empujado a hacer un fuerte llamamiento a la libertad. La nueva Europa necesita un Berlín libre y una Alemania libre, de hombres convencidos que abran puertas?».

En este vigésimo aniversario, a cuya conmemoración han sido invitados tantos dirigentes y líderes mundiales, me ha parecido oportuno recordar a esta gran figura de la historia y de la Iglesia, para que su espíritu revolucionario, en el mejor sentido, esté presente y todos despertemos de nuestra mediocridad y apatía. El espíritu de los creyentes en Cristo, el hombre nuevo, tiene energía sobrada para impulsar la historia.

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