PACO G. REDONDO
PROFESOR DE GEOGRAFÍA E HISTORIA
Dice Fernando Savater en «Ética para Amador» que en lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo siempre con todos, por tanto para vivir en sociedad democrática son necesarias unas normas de convivencia aprobadas por la mayoría, unas autoridades que dirijan el gobierno de la Administración y hagan respetar esas normas, y unas sanciones para quienes las violen.
La otra cara de la moneda de la autoridad es la ciudadanía. Siempre hemos tenido la tentación de pensar qué bonito sería el mundo suprimiendo los ejércitos, las policías y los jueces: seamos realistas, pidamos lo imposible; haz el amor y no la guerra... Hasta que alguien nos hace una faena y caemos en la cuenta que de bueno a tonto no hay más que un paso, y debemos despabilar para no dejarnos comer el bocadillo.
Habla otro filósofo, José Antonio Marina, de la necesidad de recuperar la autoridad. La autoridad no es de derechas, ni de izquierdas; es de sentido común. Sin conllevar la judicialización de la vida académica, salvo casos extremos. Entre el autoritarismo y la anarquía, la autoridad democrática debe ser el justo término medio. En el aula no se puede ganar el respeto sólo con el voluntarismo de una parte, el docente, si de la otra hay quien va con la premeditación de boicotearlo por diversión e impunidad.
Reconocer el rango de autoridad pública a los maestros es condición necesaria, pero no suficiente para mejorar la enseñanza española. Sin una financiación adecuada y un pacto educativo transversal de estabilidad normativa y contenidos flexibles, entre otras cosas, la escuela seguirá frenando el mérito y por detrás de la media de los países europeos. Tampoco prolongar la escolarización hasta los 18 años es la panacea, si no flexibilizamos los itinerarios escolares según los intereses y capacidades del alumnado.
El aprendizaje -para rendir frutos- exige orden y atención, interés y esfuerzo. Todos somos iguales en dignidad, pero no en responsabilidad. Como bien dice Aristóteles en su «Política», «antes de llegar a gobernar, todos debemos haber sido gobernados». Es decir: ya que en democracia todos optaremos, es necesario que durante un tiempo estudiemos para aprender a elegir con conocimiento. Y el civismo no sólo implica derechos, también comporta deberes y límites.
La enseñanza siempre tiene -y más en sus inicios- un componente de ejemplo y rectificación: casi todos nos hemos educado errando y corrigiendo. A todos los niños les cuesta entender que no todos los juguetes pueden ser sólo para ellos. Educar no es decir a todo que sí, sino sí cuando es sí y no cuando es no. Por ello la autoridad además de razón debe tener coerción, ejercida con rigor y control legítimos, y las sanciones no deben ser vengativas, sino educativas.
El debate sobre la autoridad es necesario, evitando la demagogia de los falsos igualitarismos. Porque cuanto antes fructifique, los docentes no sólo serán autoridades públicas frente a sus alumnos, sino también frente a sus papás, que a veces son tan colegas y ofensivos como ellos. Los problemas no se resuelven con deseos, sino con soluciones. La sociedad y las familias conscientes deben implicarse, con sus correspondientes pautas y normas de actuación.