LUIS M. ALONSO
De cero a nueve, cuatrocientos grandes empresarios le han puesto un uno a los políticos. Al Gobierno y a la oposición. Para ser más exactos, un 1,18 de café para todos. Lo interesante, ahora, sería saber qué nota le pondrían los políticos a los empresarios y así podríamos obtener la media que se conceden entre sí.
La famosa crispación es un hecho en la coyuntura económica más complicada de la reciente historia de España. Seguramente no es el mejor momento para ser ecuánimes juzgando la responsabilidad de cada cual en la debacle, pero, qué se le va a hacer, estas cosas no ocurren por capricho sino por despecho.
Los empresarios se resienten de los resultados y les dan a los políticos donde más les duele, exigiéndoles, por ejemplo, el fin de la corrupción, un fenómeno inquietante que ha sacudido el tronco nacional desde las grandes fortunas a El Bigotes. Para que exista corrupción tiene que haber un corrupto pero hace falta, además, un corruptor. Creo que me entienden.
Otro de los reproches del gran empresariado, que cualquier contribuyente podría asumir, es que los políticos nos frían a impuestos sin ofrecer a cambio responsabilidad y valentía para tomar las medidas que son necesarias frente a la recesión. En las recetas es posible que no todos estemos de acuerdo, pero sí coincidimos en que hay que hacer algo más de lo que está haciendo el Gobierno y la oposición como alternativa creíble. Es más, no son pocos los que piensan que el primer ejercicio de responsabilidad del Partido Socialista y el Partido Popular debería ser un pacto económico.
Medidas sensatas serían las bonificaciones a la creación de empleo y la reforma del mercado del trabajo, pero también la subida moderada de los impuestos directos a las rentas más altas y la supresión de los privilegios fiscales a los más ricos.
¿Estarían de acuerdo con estas dos últimas las grandes fortunas empresariales?