J. M. CARBAJAL
A ver si escribes algo sobre los semáforos», me espeta con gracia uno de mis habituales tertulianos, harto hasta las cejas de las lucecitas de colores que, a cada paso, se le cruzan en su mirada cada vez que transita con su vehículo por las calles de la vieja capital del Reino de Asturias. Me imagino que se encuentra bastante hastiado, como tantos otros conductores cangueses, de cumplir a rajatabla con el necesario respeto a las resplandecientes luces y con independencia de que sea primavera, otoño o invierno.
En un principio, allá por el año 2004, la instalación de los artilugios de lucecitas en los tres principales accesos a la ciudad de Cangas de Onís, así como la colocación de otros en puntos concretos de la avenida de Covadonga, fue un gran acierto, en pro de la seguridad vial. Una actuación, aquella, impulsada por Tráfico, con el lógico visto bueno del Ayuntamiento cangués. Incluso se pusieron vallas en lugares, digamos, conflictivos para «obligar» a los peatones a cruzar por los preceptivos pasos cebras.
Coincidió la novedosa implantación de los semáforos en esa turística urbe del Oriente, considerada como la oficiosa capital de los Picos de Europa -pese a quien le pese-, con el avance de las obras de la circunvalación de Cangas de Onís. Una vez abierta al tráfico la ronda canguesa, las lucecitas de colores a la hora de atravesar el centro urbano de la ciudad dejaron de tener eficacia. Me explico. En épocas de máxima afluencia de turismos tuvieron que apagarse para evitar largas caravanas en la travesía de la N-625, tramo de Arriondas a Cangas, y resultaba mucho más acertado regular el tráfico a través de la Policía Local.
La medida, con los semáforos únicamente parpadeando el ámbar, se aplica a lo largo de la temporada veraniega, puentes festivos, Semana Santa y festivos. Durante los citados períodos, los controvertidos semáforos de Cangas de Onís dejan de impactar en los conductores, tanto en los locales como en los foráneos, haciendo menos sofocante la espera. Todo lo contrario acontece tras la temporada alta turística, momento en el que la señalización vertical (semáforos) vuelve a coger un protagonismo absoluto en la arteria principal de la urbe canguesa.
En realidad, las lucecitas de colores no dan, ni tampoco quitan, sufragios a la clase política dirigente. No hace mucho tiempo eran, pienso, necesarios; ahora, con la ronda de circunvalación en plena ebullición, las cosas pintan de otra manera. Puede que las razones estén totalmente del lado de mi interlocutor, quien vertía rayos y centellas sobre los dichos semáforos, sumamente cansado de perder el tiempo cada vez que se topa con el color «rojo» de marras, mientras no pasa ni una mosca por delante de él. No me extraña, para nada, su enojamiento cotidiano, como el de otros conductores.
A lo mejor, los responsables de la regulación circulatoria en Cangas de Onís deben recapacitar sobre el asunto, a tenor de la merma de la densidad del tráfico, para dejar en ámbar, nuevamente, todos los semáforos de la urbe, tal como hacen en verano y demás períodos vacacionales. Bien es cierto que en esas épocas actúan los auxiliares de la Policía Local, pero también hay que insistir que en las fechas de temporada baja no se registra un constante trasiego de vehículos por la ciudad, exceptuando la «hora punta» de entrada y salida de los estudiantes a los diversos centros docentes cangueses.
No creo que sea una medida desproporcionada el atender las reivindicaciones de la mayoría de los conductores locales -pese a que son pocos quienes se atreven a alzar la voz a los cuatro vientos- que sugieren cambios en el habitual funcionamiento de los semáforos. Si los regulan en temporadas de máxima afluencia de visitantes, ¿por qué no lo hacen igualmente en los períodos de mucha más tranquilidad y sosiego circulatorio? Tan sólo deben darle a un mecanismo eléctrico para solucionar el dilema y éste pasa por ponerlos en ámbar. Espero que no se politice en demasía el tema, pues en las pequeñas urbes, aunque grandes sedes, suelen ser propensos a sacar petróleo en donde no lo hay.