CARMEN
GÓMEZ OJEA
Son para hacerse cruces las continuas agresiones de los sumos sacerdotes de la Iglesia católica de aquí contra todo aquello que no les entra ni con mantequilla rancia, del tiempo del último tango en París, en sus cabezas de doctores de la ley divina que, sin embargo, echan sobre las gentes pesadas cargas que ellos no tocan ni con la punta de sus sacros dedos, dedicados mayormente a robar la llave de la ciencia, no entrando ni dejando entrar en ella a los prójimos. Ahora les han tocado a los enterramientos sus sarcasmos y dicterios, para que se relegue la incineración de los cadáveres, en favor de la otra forma de dar sepultura a los muertos, más recta y ortodoxa, según dicen -aunque algunos hayan tratado de escapar del patatal con extravagancias- consistente en la inhumación del cuerpo de los difuntos, sin pensar que esas palabras son esputos sobre la milenaria cultura ibérica de las urnas funerarias, nacida entre nómadas tan religiosos como sólo lo son los llamados paganos, que llevaban consigo piadosamente, en sus constantes desplazamientos, las cenizas de los padres y abuelos, convertidos en triste polvo gris tras su cremación, un rito fúnebre que coexistía en todo el solar de Iberia con el del soterramiento de los fallecidos. Por ello, asegurar, con la papada inflada de pavos presumidos y gordos de soberbia, que el dogma acerca de la resurrección de la carne exige ser enterrado en una tumba o metido en un columbario o nicho es una fantasía brutal, para los que no creen en la vida de ultratumba y también para cuantos sí tienen fe en ella y se han beneficiado de un trasplante de hígado o de corazón, o quieren donar sus órganos, personas que, ante tales aseveraciones de la más alta casta sacerdotal de la asamblea a la que pertenecen, piensan que va a resultarles un poco chungo resucitar con un solo riñón o sin ojos, y vivir así, por toda la eternidad, con tales carencias.
El alto clero de la Iglesia católica, apostólica y romana es cada semana, cada mes, cada día, un pasito más y más talibán. Habla y habla sin parar al modo de los crisóstomos, como si todos sus miembros fueran piquitos de oro, aunque lo que sale de sus boquitas no sea algo mejor que coprolitos parecidos a perdigones. Sin embargo, en estos momentos, tras el disgusto morrocotudo de la sensata sentencia europea que ha puesto en su sitio el crucifijo, es decir, en los templos, iglesias, capillas, oratorios y casas, ya que la cruz a cuestas sólo la llevan, de verdad y por las calles y a la vista de todos los que no miran displicentemente a la lontananza, los explotados hasta las asadurillas y los pobres de la Tierra, sucede que los jerarcas eclesiales y el clero indígena y carca de España están contentísimos y muy risueños con lo que acontece en el convento de las clarisas de Lerma, pilotado por una monja, hermana espiritual y también de carne y sangre del arzobispo de Oviedo, que no es Santa Teresa, pero sí tiene un aire a sor María de Jesús de Ágreda, la Dama Azul, que mientras rezaba en Soria era vista en un poblado de indios de California y tanta conmoción causó al rey Felipe IV. Pero, a pesar de las vocaciones numerosas en estos momentos de crisis y de la larga lista de espera de aspirantes a novicias para entrar en ese convento de clausura, hay muchas moscas revoloteando sobre esa historia, debido a que a sor Verónica, en el siglo Marijose Berzosa, le pone a levitar el ego y la autoestima el hecho de que sus monjas de Lerma sean universitarias como ella: médicas, farmacéuticas, químicas, físicas, y a causa de que peces gordos de las finanzas, todos los monseñores y el Papa la aplaudan. Mientras, en otros conventos de la misma orden, clarisas claras y diáfanas malviven de su sudor y del trabajo de sus manos, transmiten el tirso de los cristianos, incluidos los herejes cátaros, beguinos, priscilianistas, bagaudas, a la vez que el frío entumece sus pies y manos, pues es muy caro calentar en el invierno sus inmensas moradas, y deben traer, peleando con gran esfuerzo contra las barreras burocráticas, a novicias ultramarinas que rellenen los huecos que dejan las enfermas, las viejas y las bajas definitivas de las que se mueren, porque las monjas también desfallecen y al fin fallecen, y las pocas con las que tengo trato resucitan, hechas unas totales renatas, renacidas en cuerpo y alma, como Cristo, que resucitó guapísimo y resplandeciente, con una cara preciosa, sin huellas de golpes y sangre ni señales de tortura. Lo sé porque me lo contó María de Magdala, que lo confundió con el bellezón del jardinero del huerto donde fue sepultado. Eso no les pasará jamás a los obispos españoles, quienes con Rouco, su capitán, deberían someterse a sesiones de hidroterapia para espantar sus demonios interiores en cualquier spa o, si no, que se hagan una piscina probática de agua bendita.