MILIO MARIÑO
ESCRITOR
A estas alturas sigo teniendo no sé si la buena o mala costumbre de hacerme preguntas sobre alguna de las noticias que leo a diario. El resultado no es alentador, pues en unos casos cuestiono que sean verdad y en otros me parecen un disparate. Intuyo que la lógica que utilizo ha debido quedar anticuada, aunque también puede ser que cada vez me resulte más difícil distinguir lo real de lo no real y lo lógico de lo disparatado.
Esta semana me ha parecido un disparate que Zapatero y Rajoy se hayan puesto de acuerdo para elegir un nuevo presidente de TVE, que tiene 81 años y ha confesado que no sabe nada de televisión. También me han parecido disparates que Berlusconi reforme las leyes para evitar ser juzgado, que Camps diga que los socialistas quieren verlo fusilado en una cuneta, y que la Junta de Extremadura, en su afán por enseñar a los jóvenes, haya decidido enseñarles manualidades que no tienen aplicación en el ámbito profesional sino, únicamente, en cuanto a un gozo particular que los demás aprendimos de forma autodidacta.
Junto a estos disparates han aparecido en los periódicos otras noticias también disparatadas pero que, a diferencia de las anteriores, parecen indicar que la gente puede vivir sin muchas cosas pero no sin lógica. Me refiero al suicidio de tres deportistas, dos ciclistas y un portero de fútbol, todos ellos jóvenes y todos, a mi entender, por cuestionarse la lógica de sus vidas. A simple vista estaríamos ante otros tantos disparates por mucho que el suicidio sea una forma de morir que, según la definición que me ha parecido más acertada, consista en matarse a uno mismo impidiendo, con violencia, el cumplimiento de su destino.
La diferencia, entre lo disparatado de las decisiones que decíamos al principio y el disparate de poner fin a la vida cuando apenas se han vivido treinta años, es, además de la fatal consecuencia, que en unos casos podemos interrogar por las causas y en los otros quedamos con la pregunta en los labios y un sentimiento de amargura en el alma.
Dicen que la causa del suicidio no es exclusivamente la locura, que una cordura bien llevada también puede conducirnos a él. Que cuando se ha perdido el sentido lógico de la vida (sitúelo cada cual donde quiera) no es locura la decisión de acabar con ella, sino todo lo contrario. Pues no sé. El año pasado se suicidaron en España 6.381 personas y a mí, por más que digan que pudieron ser actos de cordura, me parecen otros tantos disparates. La coincidencia entre suicidarse, como lo han hecho Robert Enke, Agustín Sagasti y Dimitri Fauw, y hacer una tontería como las que atribuyo a Zapatero, Rajoy, Camps y la Junta de Extremadura, es la inexplicabilidad de la causa, pues si en unos casos no parece que pueda atribuirse a que sus protagonistas pasaban por dificultades económicas, en los otros tampoco cabe suponer que fuera por ignorancia.
De todas maneras no sé por qué me he formado un lío con esto de los disparates y me he empecinado en seguir adelante hasta el punto de que no encuentro una forma lógica de acabar el artículo. Se me ocurre que tal vez sea porque, al decir de los filósofos, los disparates son delirios subversivos, urgentes y subterráneos que pueden con todo. Con lo trivial, lo elevado, lo contradictorio y hasta con lo que uno pretendía decir y no sabe si queda dicho.