ALEJANDRO ORTEA
Ya cuelgan por las más animadas calles del pueblo las luces con las que se animan las tardes y las noches que siguen a los cortos días del solsticio de invierno. La gerente de los comerciantes asociados, Carmen Moreno, me recuerda que las tales luces son sufragadas entre los propios comerciantes y el procomún, es decir, el ilustre Ayuntamiento. Tienen pinta de ser del mismo tipo que la pasada temporada, por lo que es de esperar que en esta ocasión no toque marejada mayor de opiniones al respecto.
Quedó por aquí puesto que estos días andan además los comerciantes metidos en sus elecciones internas, debido a que su actual presidenta, Ana Menéndez, ha dimitido para que su sucesor pueda llevar adelante otro proceso electoral: el que se avecina en la Cámara de Comercio, en donde la Unión de Comerciantes participa en forma de gremio durante los últimos lustros. Habrá de ser recordado, antes de seguir, que en las anteriores elecciones los comerciantes fueron importante clave de apoyo para la elección del actual presidente cameral, Luis Arias de Velasco.
Es más que probable que este paso atrás de Ana Menéndez signifique un cierto desapego con la línea mantenida durante su mandato por Arias de Velasco, que a tantos defraudó, no sólo a comerciantes, tras las expectativas puestas en su elección. Porque parece que tampoco el Ayuntamiento o el Principado -que con la Cámara y Cajastur comparten consorcio ferial- han visto colmadas las esperanzas puestas entonces en su candidatura. Efectivamente, lo impensable ha pasado: la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, con su actual presidente al frente -y eficazmente «ayudado» por el director general que puso nada más llegar-, ha entrado en números rojos. Pocos se explican cabalmente cómo se ha podido llegar a esta situación, pero la Cámara gijonesa es deficitaria. Y este síntoma preocupante no es el menor de los inconvenientes que sus detractores suman a las probables pretensiones del actual mandatario para repetir candidatura.
La desmotivación no ya de los trabajadores de la Cámara y Feria -que hasta una huelga hicieron-, sino del eficaz equipo directivo que sacó adelante tantas iniciativas; la falta de toda iniciativa al respecto de la actividad portuaria y, sobre todo, de su ampliación, el correspondiente macrodesfase presupuestario -que, recordemos, en última instancia habrán de pagar los usuarios del puerto-; la ausencia de la institución, aunque sólo fuera en cuanto a la representación, en todo el problema de Arcelor -y, subsiguientemente, de todas sus industrias auxiliares-, o el haber perdido la razón en instancia judicial frente a un grupo de agencias de publicidad son cuestiones que han debilitado en tal grado tanto su autoridad como su imagen pública que todos -grandes, pequeños e institucionales- se plantean el recambio por la vía de urgencia. Cuestión de la que, como suele pasar, todos, menos el interesado, parecen haberse enterado. Y eso no se arregla con un tambor, por sonoro que éste sea, ni con una completa orquesta sinfónica.