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Independencia

n Ismail Kadare nos enseña que para poseer valor intelectual no hay que ser ni disidente ni portavoz del régimen

 
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CARMEN NUEVO ESCRITORA Imagino que usted, lector imaginario, posiblemente, se encuentre apurando un último sorbo de café, mientras con la mente puesta ya en otro lugar bastante distinto a éste, quizás, observe de soslayo el título de este artículo y se plantee detenerse unos minutos más, o no, para leer algo que se vislumbra como un contenido de alcance político. Pues bien, no se incomode en exceso, abandone la lectura -que no es para cualquiera- y váyase tranquilo, porque el tema de este artículo es en esencia de índole cultural.

Ismail Kadare, reciente premio «Príncipe de Asturias» de las Letras, especie única y extraña de César albanés, surgido de la «Tierra de las águilas», testigo infantil de la Segunda Guerra Mundial y de las sucesivas ocupaciones de italianos, griegos, nazis alemanes?, vecino del dictador Enver Hoxha, constituye, a mi modo de ver, un extraordinario ejemplo no sólo por el valor literario de sus obras, sino también por su personalidad compleja, digna de auténtico «agente doble»; por su espíritu libre, contracorriente y, sobre todo, por salvaguardar un mensaje, el suyo, que reivindica la independencia de la literatura como camino único y exclusivo de trascendencia y humanidad.

Y es que lo real, lo onírico; lo clásico y lo moderno son compatibles, como compatible es ser político e intelectual independiente, aunque para ello se precise de la original maestría de Kadare.

La lección que Kadare nos enseña es que es necesario no ser disidente ni portavoz del régimen para poseer un valor como intelectual.

Aplicada esta premisa a nuestro panorama cultural actual, el resultado es bastante deplorable. ¿Existen auténticos intelectuales?

Estamos acostumbrados a cuestionarnos la honestidad de nuestros políticos. ¿Nos cuestionamos la honestidad de nuestros intelectuales?

Confío en que esta declaración no resulte sospechosa, sospechosa, sospechosa, como diría nuestro admirado escritor albanés, pues afortunadamente en nuestro país no hay un régimen totalitario ni tirano.

Pero estamos de enhorabuena, porque Kadare, héroe de la independencia del arte, a modo de ángel con espada llameante, ha hecho que la belleza se erija en juez y el mundo se torne más habitable.

Y es que tras haber leído su discurso y su obra, kafkiana y alegórica, «El palacio de los sueños», pienso, con satisfacción, que la misión del intelectual, del escritor, es fundamentalmente -y cito en parte sus palabras- no alzar jamás la bandera de la capitulación y eludir, en cierto modo, el que los sueños perezcan asfixiados por el cartapacio desgastado de los burócratas y eso a pesar de sus reconocimientos o subvenciones.

Es justicia.

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