JAVIER MORÁN
Ya tenemos instalado el primer enchufe de Gijón. ¿El primero?, se preguntarán algunos sardónicamente. Pues claro: nos referimos al primer enchufe para cargar vehículos eléctricos y no para meter gente afín en cargos y espacios públicos. Esto último ha tenido un largo recorrido en el Ayuntamiento de Gijón, y lo decimos únicamente en referencia a las numerosísimas convocatorias de empleo público que han sido anuladas por los tribunales. De dichas sentencias adversas no se deduce de inmediato el enchufismo, pero tampoco hemos de ser almas cándidas.
No obstante, parece que el ritmo de fallos contrarios a la municipalidad ha disminuido en los últimos meses, aunque todavía gotean, y es posible que jueces y magistrados de aquí y de allá estén meditando o deliberando acerca de pleitos todavía pendientes.
Pero hablemos ahora de los enchufes eléctricos, ésos que se colocarán en puntos estratégicos de la villa de Jovellanos, convertida ahora en un laboratorio viviente. Un laboratorio al que le faltan por el momento los ingredientes básicos, es decir, ciudadanos que compren coches eléctricos. Por ahora sólo los adquiere el Ayuntamiento y otras entidades públicas, lo cual describe las holguras presupuestarias de la cosa pública, frente a las estrecheces del pueblo soberano.
Un vehículo de ésos anda por los 35.000 euros de vellón, una cantidad respetable para una máquina que sólo puede circular por las ciudades o en recorridos menores de 100 kilómetros.
Al pueblo llano se le parte el corazón con lo de la contaminación a causa de los hidrocarburos, pero menos se le parte el bolsillo cuando compra un coche convencional.
Sobre este punto deberían meditar nuestras autoridades. A saber: sobre el hecho de que ofrezcan una imagen de entidades adineradas, mientras que el ciudadano se dedica a lo de siempre, a lo de ajustar el gasto. Mal asunto para el nuevo enchufismo.