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Poder sindical

n Las centrales no pueden mirar para otro lado cuando el paro sigue creciendo

 
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Poder sindical
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LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES Zapatero, entusiasmado en compañía de los líderes de los llamados sindicatos mayoritarios, anuncia mayor poder para los que se autoproclaman representantes de los trabajadores. Se lo merecen, entre otras cosas, por haber sido los garantes de la paz social que disfrutamos en estos tiempos de crisis. No quiero creer que sea así, pero es indudable que la escenificación y el discurso parecen apuntar a algo a lo que acostumbra nuestro presidente del Gobierno, esto es, al trueque. Se diría que se les pretende recompensar por no haber planteado grandes problemas al Ejecutivo desde el estallido de la crisis. Yo creo que algo así no debe ser motivo de orgullo para los que se autotitulan líderes obreristas.

No podemos no estar de acuerdo en la coincidencia declarativa de sindicatos y Gobierno negándose a abaratar el despido que, a juzgar por el creciente número de parados, no debe salir tan caro. Es indudable que no han sido los salarios los causantes de la actual crisis.

Dicho esto, son muchas las cosas que debemos preguntarnos. Para empezar, ¿es posible que los sindicatos puedan estar satisfechos de su gestión como baluartes de la defensa de los derechos sociales cuando la afiliación que tienen es tan baja? Para seguir, de la misma forma que la falta de debate interno por algo que se encuentre al margen de los intereses particulares es algo casi endémico en los partidos, ¿acaso no sucede otro tanto de lo mismo en los sindicatos?

¿Pueden, en definitiva, considerarse independientes unos sindicatos que, para sobrevivir, precisan de las subvenciones estatales? ¿A nadie le inquieta el hecho de que la militancia en los sindicatos está, en el mejor de los casos, estancada?

No se trata, desde luego, de hacer llamamientos a las barricadas como norma. Bueno es que se intente negociar. Dicho lo cual, ¿hay razones objetivas para que los sindicatos se encuentren satisfechos de su labor cuando el paro en este país está aumentando tanto? ¿No debería ser la lucha contra el desempleo una de sus principales batallas?

Tengo presentes las últimas comparecencias públicas de don Cándido Méndez, desde Rodiezmo hasta las intervenciones en debates televisivos. Acusa el líder de UGT al empresariado de no renovarse, de mantener un discurso obsoleto. Bien, ¿y no hay un mínimo espacio para la autocrítica? ¿Acaso el discurso de este señor se encuentra a la cabeza de los tiempos que vivimos?

¿Cómo no recordar los tiempos aquellos en que Camacho y Redondo comparecían en la vida pública con discursos mucho menos complacientes? ¿Cómo no recordar que fueron los sindicatos en los tiempos del enriquecimiento rápido auspiciado por el señor González quienes hicieron frente a aquello y convocaron una huelga general que puso al Gobierno de entonces contra las cuerdas? ¿Cómo no recordar, también hay que decirlo todo, aquel fiasco de la PSV que estafó a muchos trabajadores?

¿De verdad, no hay motivos actualmente para la protesta? ¿De verdad la política social del Gobierno, más allá de gestos con vistas a la galería, puede ser considerada satisfactoria para los que dicen defender los intereses de los más desfavorecidos? ¿No se plantea nadie la pertinencia de cambios en el mundo sindical? ¿No se pregunta nadie por las razones de la actual situación?

Me voy a permitir enunciar, casi de soslayo, algunas cuestiones. ¿Es bueno que alguien que consiga la situación de «liberado» para defender a sus compañeros se perpetúe en tal situación como tal? ¿No corre el peligro, en el mejor de los supuestos, de perder la noción de la realidad que se vive en su ámbito profesional? ¿O son sólo los políticos los que deben tener limitaciones de mandato en el tiempo?

Otra cuestión que no puede no ser planteada: si el índice de afiliación es tan bajo, ¿no sería exigible que, al menos, se consultasen a los trabajadores las medidas a tomar?

Me tomo la libertad de poner sobre la mesa el ejemplo que mejor conozco, el de los sindicatos de enseñanza. ¿Es de recibo que sólo visiten los centros como vendedores de lotería en vísperas navideñas y cuando se aproximan elecciones sindicales?

¿Es de recibo que negocien decisiones importantes, la carrera profesional de los docentes, por ejemplo, sin ni siquiera tomarse la molestia de preguntar a los afectados su parecer?

¿De verdad es tolerable que las cosas sigan así? ¿De verdad es admisible que se les conceda mayor poder cuando los trabajadores no se implican en modo alguno en sus directrices?

No pongo en duda que el aumento del paro no les resulta indiferente. Sin embargo, no acierto a explicarme que están tan satisfechos de su gestión cuando no son capaces de frenarlo.

Vivimos tiempos en que los contrapoderes como los sindicatos se parecen más a un poder. Vivimos tiempos en los que no hay referentes a los que mirar frente a los abusos y las trapisondas. Vivimos tiempos en que la autocrítica no deja de ser, en el mejor de los supuestos, retórica.

Pero, sea como sea, no puede haber desvirtuación mayor para los sindicatos que mirar para otro lado cuando el fantasma del paro se va cobrando cada vez más víctimas.

Ante algo así, las palmaditas de Zapatero, más que satisfactorias, deberían resultarles, si no rechazables, sí al menos inquietantes.

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