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¿Entierro y/o incineración?

n La Iglesia manifiesta su preferencia por la inhumación, pero no reprueba la cremación

 
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¿Entierro y/o incineración?
¿Entierro y/o incineración?  

RAÚL BERZOSA OBISPO-ADMINISTRADOR DIOCESANO DE OVIEDO Cuando, como obispo, se me preguntó días atrás sobre qué opinaba de la incineración, mi respuesta fue ésta: «No emito mi opinión personal sobre este tema, sino la de la Iglesia, que viene recogida en el Código de Derecho Canónico y en el catecismo. En el cristianismo se da preferencia al enterramiento. Esto avala nuestra fe en la resurrección de la carne y el respeto que tenemos que otorgar al cuerpo, que es morada de Dios mientras vivimos. Por eso rociamos con agua el cadáver en el momento de la muerte y lo incensamos. Nosotros los católicos creemos en la resurrección; no en la reencarnación, ni en la sola inmortalidad del alma, ni mucho menos en el nihilismo. La incineración se admite, sobre todo, por motivos de salud pública u otras razones culturales y de tradición justificadas. Pero, en todo caso, las cenizas no pueden ser depositadas en cualquier lugar o esparcidas sin más. Pedimos que se depositen en un columbario o en un cementerio».

Lo que afirma textualmente el Código de la Iglesia y el catecismo es lo siguiente: «La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana» (CIC, C. 1.176,3)? «Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y en la esperanza de la resurrección? La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo» (Nuevo Catecismo de la Iglesia, n.º 2.301).

En resumen, la Iglesia manifiesta su preferencia por la inhumación (enterramiento), pero no reprueba la cremación. Modifica así una tradición disciplinar que durante siglos defendió ante todo la inhumación. Dicha condena se endureció en el siglo XIX y principios del XX, cuando la cremación adquirió un sentido antirreligioso y sectario e iba precisamente en contra de las creencias cristianas. Pero ya el 5-7-1963, en el documento «Piam et constantem», considerando otras tradiciones culturales (especialmente orientales y africanas), la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe se adelantó a lo expresado en el Código.

En cualquier caso, se insiste, las cenizas del difunto merecen «el mismo respeto y consideración» que el cadáver. Deben ser depositadas en un lugar digno y deben ser «acompañadas» hasta su sepultura o columbario, con sentido cristiano, como se hace con el cadáver. En esta realidad pastoral de las exequias, se debe ofrecer a los fieles una correcta catequesis.

Los cristianos tenemos suerte: ¡sólo existen vivos! Los que peregrinamos y los que están ya en el seno del Padre. Todo en el cristianismo nos habla de vida. Cementerio significa «dormitorio» donde descansan los restos «depositados» (prestados) en la tierra y con la esperanza de que nos suceda lo mismo que a Jesucristo: en espera de la resurrección final y total. Por esta razón se bendicen los cementerios y los sepulcros, así como los columbarios, y se cuidan el orden y la limpieza en dichos recintos para favorecer la oración, el silencio y la paz. En el cementerio y en los columbarios se realizan las oportunas oraciones. La Iglesia recomienda un destino digno y «lo más definitivo» para las cenizas, diverso al domicilio particular (que recuerda la tradición pagana). En el fondo, se puede considerar que la familia no es la propietaria de las cenizas, sino la depositaria. En cualquier caso, la dispersión o esparcimiento de las cenizas no encuentra sentido cristiano, además de ser, en muchos casos, una medida antiecológica por la polución de mares, ríos o tierras.

Insistimos en que la tradición cristiana primó la inhumación (enterramiento) del cadáver por diversas razones: por la costumbre y tradición judía de enterramiento de cadáveres (sentido bíblico); por el respeto al cadáver y a los cuerpos incorruptos de los santos (sentido antropológico); por el respeto a las reliquias de los santos (sentido cultural); por lo sucedido al cuerpo de Cristo en su resurrección (sentido cristológico), y por la doctrina sobre las realidades últimas, que nos habla de resurrección de la carne (sentido propiamente escatológico).

En el cristianismo primitivo los casos de incineración conocidos no tenían el mismo sentido que para los paganos, ya que los cristianos esperaban y creían en la resurrección de la carne. Y aunque desaconsejada posteriormente, la incineración encontraba excepciones, sobre todo en tiempo de pestes y pandemias públicas, para evitar los dramáticos contagios.

Recuerdo que no se debe jugar con chistes o bromas fáciles en el tema de los trasplantes y su relación con la inhumación. Es conocido que, al cabo de unos años, por la regeneración de células, el órgano trasplantado es más propio del receptor que del donante. Aunque tenga que seguir un tratamiento antirrechazo. El cuerpo resucitado, tanto del donante como del receptor, serán cuerpos transfigurados o espiritualizados como el de Jesucristo.

Finalizo haciendo también una llamada a que nunca se dé la imagen de que los columbarios son como una especie de negocio, aunque pueda ser para algo tan justo como la construcción o el mantenimiento de templos.

Con todo lo escrito no deseo entrar en polémicas; tan sólo expresar con sencillez y claridad lo que es la fe de la Iglesia, una doctrina cristiana que se propone y nunca se impone, como nos recordaba el llorado Papa Juan Pablo II y que puede aportar esperanza.

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