ANTONIO OCHOA
Digan lo que digan los antropólogos, estoy convencido de que el primer hombre que encendió una fogata no quería calentarse ni espantar a los depredadores. Era porque había cazado un ciervo enorme y se moría de ganas de sentar a toda la tribu alrededor para contárselo. Y observaron que, al calor de llama, la carne se ablandaba y el tamaño de la pieza crecía. Las piezas de los relatos se hicieron cada vez más grandes y se fueron convirtiendo en tigres, en mamuts e, incluso, en dragones. El fuego narrativo prendió en los seres humanos como la chispa en la yesca. La palabra ocupó el lugar central en la cultura y reinó sobre todas las demás manifestaciones durante milenios.
Fue, seguramente, para ayudar a recordar alguna historia especialmente interesante que se hicieron los primeros dibujos, que dieron lugar a los símbolos gráficos, que dieron lugar a la escritura. Sin embargo, esta hija tardía de la evolución humana no nació en una humilde cueva como la anterior, sino en un suntuoso palacio y tiene, desde entonces, un cierto aire aristocrático. En el ámbito familiar y popular prima la tradición oral, mucho más democrática. Así como la mayoría de los lectores rara vez cambian su estatus por el de escritores, todos los oyentes son con frecuencia narradores. Así como las aventuras de los personajes de los libros permanecen indeleblemente grabadas, negro sobre blanco, para siempre, cada contador de historias puede y debe adaptarlas a sus gustos y a los de sus momentáneos oyentes.
Siempre he sido un lector voraz, pero el relato oral tiene un encanto diferente. Me recuerdo a mí mismo, muy pequeño, oyendo absorto los cuentos de doncellas encantadas y tesoros del tiempo de los moros que nos contaba mi abuela. Me recuerdo sentado en un escaño escuchando las anécdotas y aventuras de gentes que conocíamos o que no habíamos llegado a conocer, más fabulosas cuantos menos de los presentes pudieran desmentirlas. Yo mismo, cuando tuve edad, incurrí en relatos no enteramente libres del pecado (o la virtud) de la fantasía. Seguramente Hércules nunca hubiera pasado de ser un guerrero griego especialmente bruto ni las xanas hubieran dejado de ser meros reflejos de la Luna en el agua si generaciones de narradores no les hubieran prestado, sílaba a sílaba, su sobrehumana fuerza y su embrujadora belleza.
Tantos siglos de lumbre y palabras han quedado grabados a fuego en nuestros genes. Dentro de cada uno de nosotros hay un narrador pugnando por salir y todos los esfuerzos de la sociedad de consumo por convertirnos en meros consumidores de historias no han conseguido enterrarlo. Nos han quitado, en la mayoría de los casos, el fuego del hogar y, casi, el uso de la palabra, pero nuestro amor por los relatos permanece. Los foros y páginas de internet son ahora las nuevas fogatas a cuyo alrededor se entretejen las anécdotas de nuestro presente que se convertirán en las leyendas y mitos del futuro. Por eso, ahora que parece que están intentando por todos los medios que la gente deje de reunirse para hablar, las iniciativas de puntos de encuentro locales en la red, como la canguesa Tous pa Tous, me parecen tan importantes. Bien está el sentimiento de hermandad universal, pero no debemos permitir que los vendedores de la globalización nos roben la identidad y la palabra.