LUIS M. ALONSO
El peor enemigo de Francisco Camps es seguramente Francisco Camps fotografiándose a bordo de un Ferrari, haciendo gala de su pintoresca forma de interpretar el cargo que ocupa. Es verdad que todo lo que haga el presidente de la Comunidad Valenciana será mal entendido, causará malestar a propios y ajenos, a los suyos y a los demás. Su penoso deambular por el «caso Gürtel» lo ha convertido en un sospechoso habitual de la política, un presidente de autonomía al que los mochileros increpan por la calle llamándole corrupto. Tiene razón Enric González cuando lo presenta como un personaje empequeñecido y arrinconado dentro de su propio partido.
He oído y leído de todo de Camps. Hay quienes lo ven injustamente tratado, al reconocerlo como una persona honrada incapaz de meterse en el bolsillo dinero obtenido irregularmente y quienes, en cambio, lo consideran un ambicioso trincón, alguien poco de fiar. No sabría con qué carta quedarme.
De una observación atenta pero distante resulta un hombre perseguido que, seguramente sin preverlo, se ha buscado la ruina, en parte porque él mismo la ha elegido, en parte porque hay intereses de por medio para que Valencia cambie de manos, promovidos por quienes quieren hacerse con la plaza y los que les prestan la cobertura informativa para conseguirlo. Lo uno no quita lo otro.
Ahora bien, lo del Ferrari es para Camps igual que cocerse en su propio jugo: el síntoma de su caída en picado. Los coches de lujo, los pelucos caros, el gratis total que tanto entusiasma a esta casta política crecida, inculta y hortera, es lo que ha atraído a las moscas para satisfacer un tren de vida. El Bigotes y Correa, como tantos otros, no serían nada si no fuera por estos panolis encumbrados amantes de la ostentación que, en vez de dedicarse a reflexionar sobre los problemas que aquejan a la sociedad y atenderlos como es debido, prefieren la foto, la propaganda y el ruido fatuo.