LADISLAO DE ARRIBA
Tras mes y medio de secuestro, ya están camino de casa los tripulantes del atunero vasco «Alakrana».
-¿Por qué ese nombre de bicho tan raro y tan feo?
Alakrana es como llaman al exquisito rape en algunos puertos de la costa cantábrica. No le pongamos reparos, que nosotros llamamos al rape «pixín».
-¿Por qué se van a pescar tan lejos de nuestro mar?
-Sencillamente, porque en los caladeros de la plataforma peninsular apenas quedan peces que llevarse a la boca.
-¿Cómo es posible eso?
Lo es por nuestra culpa. Es decir, la culpa de todos. De los navegantes, que contaminan la mar, vertiendo en ella el fuelóleo de sus propios barcos; de los habitantes costeros, que tiran a las aguas marinas la basura urbana, y por la avidez desmedida de los mismos pescadores, que extinguen la vida de los peces con el empleo de artes de pesca antirreglamentarias.
Estos son los «porqués» que soy capaz de contestar a mi manera, pero hay otros interrogantes que no están a mi alcance, ayuno como soy en derecho marítimo internacional, en reglamentación de pesca y capturas, en tratados diplomáticos y en el protocolo que se emplee con piratas, corsarios, filibusteros y otras gentes de mal vivir.
Si los gobernantes occidentales hubiesen leído a Emilio Salgari, Pierre Loti, Joseph Conrad y a todos cuantos han escrito acerca del arte de navegar por aguas asiáticas, otro gallo hubiera cantado a la tripulación del «Alakrana» y hasta nos hubiésemos ahorrado los cuatro millones de dólares que nos ha costado su rescate.