EUGENIO SUÁREZ
Un amigo, para mitigar mi desconsuelo, me asegura que es signo de vitalidad experimentar emociones, cuando ya se es muy mayor. Pues voy a compartir una acidulada contrariedad con los lectores, aun suponiendo que les importe un bledo. Hace unos años apareció en las pantallas de la televisión el rostro de una atractiva mujer, de la que quedé románticamente prendado. Su rostro, su aire, el resto del cuerpo que se adivina en los bustos parlantes, el color de su pelo y de los ojos coincidía con lo que tengo por la estampa de mujer ideal, como cada hijo de vecino, mi mujer ideal que coincidía con la persona de quien más profundamente me enamoré en la juventud.
Lo tenía todo, la dicción, el ademán elegante y el airoso movimiento de las manos y brazos de quien sólo muestra la parte superior de la anatomía. Supe que era una universitaria y, para colmo de íntimas satisfacciones, asturiana. El clásico banal enamoramiento por una persona lejana y casi irreal. No obstante, años después, con ocasión de que se daba a conocer en Madrid la versión española de un libro de Alexandra Lapierre sobre la pintora romana «Artemisa», la vi en persona y me la presentaron. Apenas unos minutos entre canapé y croqueta, que me confirmó la inicial presunción: una mujer atractiva, interesante y en mucho cercana al ideal que ya no era de este mundo.
Acaban de premiarla con el jugoso «Planeta», de lo que me alegro sinceramente, aunque mis sentimientos intelectuales están variando al leer su colaboración en el suplemento de un diario nacional. Toda mi admiración, lejana estima e idealización se están esfumando, por el sesgo que tienen sus escritos, algo que le compete exclusivamente a ella y en esa libertad cuenta con todo mi respeto. Se trata, no lo dilatemos más, de Ángeles Caso, que ha saltado a la primera fila de los escritores actuales, merced a esa difícil lotería que son los millonarios galardones referidos, que disfrutan de una promoción de primera calidad, como la autora merece. No creo que lea el libro, anticipado su contenido, pero eso no empaña, en absoluto, el deseo de que alcance las ediciones que merezca, ni la robustez de mis primitiva inclinación hacia su persona.
Voy a otro aspecto mínimo. En esos artículos, que sí leo, suele exponer un espíritu que se me antoja erróneo, cuando trata de temas que, de una u otra forma, he conocido de primera mano. La semana pasada nos sorprendió con la ya polvorienta tesis de la no intervención de España en la II Guerra Mundial, achacando la victoria del bando franquista a que una treintena de generales habían sido previamente sobornados por los ingleses para obstaculizar la posibilidad de unas bases germánicas en nuestro territorio. Una bobada, como tantas otras, pero que la autora quiere remachar basándola en autoridades irrefutables y cita al difunto Javier Tusell, que fue un entusiasta publicitario de quienes estuvieran en el poder, tras haber dado saltos por las formaciones demócrata cristianas. Desde el triunfo del Partido Socialista, fue uno de los más encarnizados enemigos del régimen anterior, aun cuando debutó en la política como concejal de UCD. Lo que en realidad hizo a lo largo de su corta vida pública fue el papel de agradador de todos los Segismundos, no un historiador imparcial y serio. Jamás le vi personalmente, pero me temo que se ha interpuesto entre los seniles sentimientos que me reconfortaban.
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