DANIEL CAPÓ
El placer está en tus manos», nos sugiere la Junta de Extremadura en el lanzamiento de una campaña destinada a fomentar el autoerotismo entre los adolescentes. Uno nunca hubiera pensado que fuese necesario convertir la masturbación en materia académica -¿la llamamos asignatura transversal?-, pero es obvio que, para la generación Aído, el papá Estado debe adoctrinar en el vasto cosmos del placer privado. De este modo, el nuevo laicismo se va inventando una democracia disparatada que desconoce los límites entre lo privado y lo público, entre el respeto a la pluralidad y el fanatismo.
Recuerdo que, no hace muchos años, se publicó una guía -y creo que también una página web- que orientaba en el consumo de drogas, buscando minimizar los efectos perversos de la drogadicción. Me pregunto si alguien -un organismo independiente, por ejemplo- se ha dedicado a estudiar el impacto de estas medidas. Quiero decir que me pregunto si el consumo de drogas ha mejorado desde que se publicó la guía. Igualmente cabe plantearse qué criterios empleará la Junta extremeña para valorar los resultados de los talleres masturbatorios.
La generación Aído, la misma que dicta en qué instante arranca la vida humana, es la primera consecuencia del cambio cultural que representa lo políticamente correcto. Michel Henry ha hablado del asalto al poder de los resentidos y es posible que sea así. La vida, con su extraña complejidad, deja de importar, para que una pequeña minoría decida cómo debe ser a partir de ahora. La riqueza lingüística, por ejemplo, fruto de siglos de literatura, se difumina ante el ataque de los correctores políticos, que no aceptan las reglas heredadas: los niños pasan a ser niños y niñas; a Dios Padre hay que llamarlo Padre y Madre; las azafatas pasan a ser personal de vuelo. En realidad, asistimos a una moderna iconoclasia que busca, de un modo deliberado, destruir los símbolos de la cultura. Los valores son otros y las imágenes a las que rendir culto, también otras. Como sucede a menudo, en nombre de la libertad, el fanatismo -o la estupidez- conduce a la barbarie.
Y así llegamos al problema del mal. Pensaba precisamente en ello mientras conversábamos en un programa de televisión en torno a «Ragtime», la película de Milos Forman. Forman, que perdió a sus padres en los campos de exterminio nazi y que huyó de la Praga asediada por los comunistas rusos, transforma la novela coral de Doctorow en un canto a la resistencia civil. Las sociedades que ceden ante el mal -y se puede ceder por miedo, por dejadez o por cinismo- terminan perdiendo su pulso interior, rotas por una ideología que no admite la libertad del hombre ni la riqueza de la pluralidad.
Es lo que sucedió en la Alemania de los años treinta y en la Checoslovaquia de los cuarenta, y uno teme que también hoy nos esté sucediendo algo similar, aunque sea de otro modo. Realmente, ninguna época es inmune a la locura. Tampoco la nuestra.