JAVIER NEIRA
Vaya por delante que a mí el nombre me parece entre absurdo y sospechoso: campus de excelencia. ¿Por qué no Universidad de excelencia?, ¿es que se refiere sólo a una zona, área, territorio o lugar? De ser así, es obvio dónde van a recaer las gracias del tal campus. Y que no se diga que no es una cuestión espacial porque al final, incluido algo tan inmaterial como los pensamientos perversos, todo tiene su asiento, fijación, predio y coto.
Vaya por delante, también, que la evaluación cursa entre lo pintoresco y lo humillante: unas extrañas, por heterogéneas, embajadas de postulantes, autocantoras de sus virtudes frente a un jurado de burócratas que, claro, decidirá en función de sus propios intereses, y a saber cuáles son.
Y, en fin, no sobra señalar que el tinglado se parece mucho a la elección de sede de los Juegos Olímpicos: abundante intriga y movilización para acabar en un cara o cruz, entre el espasmo de felicidad y la mueca de tonto.
Ah, la Universidad de Oviedo hace un siglo era de excelencia. Había sólo 11 en toda España y aún siendo de las más pequeñas figuraba en la vanguardia, así que ahora en tal caso optamos a recuperar lo perdido. Y cómo, ya que, arrasada en el 34 y rematada dos años después, estuvo a punto de desaparecer física, jurídica e históricamente.
Dicho lo dicho, de todos modos me parece magnífico el empeño de Vicente Gotor y su equipo. Es la contrafigura exacta del rector vedette, que cifra el éxito en salir en los medios y relacionarse frenéticamente en función de medros personales mientras desatiende asuntos importantes.
El día 30 se verá si la Universidad de Oviedo cuenta o no con un campus de excelencia -si le darán los medios para serlo, que de eso se trata realmente-, de todos modos el empeño puede ser más que suficiente. Como indica Kaváfis en su viaje a Ítaca, lo importante no es la meta, sino el camino. Vamos, que Gotor y los suyos ya son excelentes y eso suele ser contagioso.