LUIS M. ALONSO
El desenlace del «Alakrana» ofrece razones para alegrarse por la liberación de los tripulantes y de sentirse abochornado por el manifiesto fracaso del Gobierno frente a la piratería. Alguien ha dicho que lo importante es que cosas como ésta no vuelvan a suceder, sin embargo no hay una lógica que haga a los piratas desistir de seguir abordando barcos teniendo en cuenta lo bien que les ha salido el negocio de los 2,7 millones de euros del rescate.
Esta lógica basada en el éxito será lamentablemente una de las consecuencias de ceder ante la piratería. No sabemos siquiera si el Gobierno está decidido a perseguir a los 63 piratas que dejó escapar y, con la debilidad que demuestra, hay más de uno que cree que en el futuro pueda indultar o trasladar a Somalia a los dos secuestradores detenidos que se encuentran en España, si es que finalmente reciben las penas que merecen de la Justicia.
Pero lo peor de todo lo que he leído como consecuencia de la «feliz noticia» del rescate del «Alakrana» es el ofrecimiento español para entrenar a 2.000 militares somalíes. La UE no está de acuerdo porque sospecha que la instrucción pueda servirles a los soldados de un país sin Estado, anárquico y caótico incluso en África, para venderse a los piratas o acabar siendo parte de ellos. Hay ejércitos y policías donde no se sabe quiénes son de los buenos y de los malos y entrenar a 2.000 militares somalíes para luchar contra la piratería posiblemente no sea la mejor de las soluciones.
Las noticias felices no siempre tiene por qué serlo del todo. Hay que felicitarse por haber salvado vidas humanas, pero no por haber pagado el precio que se pagó por ellas, ni por gestionar tan mal la pesadilla durante los 47 días que duró. Lo mismo que resulta agridulce contemplar cómo familiares de los pescadores retiran la pancarta de apoyo a los secuestrados de un balcón del Ayuntamiento de Bermeo donde permanece colgada una bandera que reclama el acercamiento de presos de la ETA.