JAVIER MORÁN
En algún sofisticado laboratorio de alguna parte del mundo se está fabricando un robot anticontaminación que dentro de unos meses será puesto a prueba en el puerto de El Musel. Lo más curioso del aparato es que tiene forma de pez, y un pez de aspecto soberbio, que pesa veinticinco kilos y mide metro y medio de longitud. Vamos, como un mero de lo más digno.
Nos hemos preguntado por qué sus creadores le han dado ese acabado ictíneo y se nos ocurren varias hipótesis. A) Que le caiga bien a los niños y las niñas, y que se organicen concursos colegiales para ponerle nombre. B) Que, al igual que esos vigilantes mecánicos de rebaños, el aparato tenga una forma familiar para su entorno, ya que, por ejemplo, las ovejas se acostumbran mejor a un objeto peludo que a un cubo de aluminio con ruedas. C) Que tenga forma hidrodinámica. D) Que parezca un pez cualquiera, de modo que las tripulaciones no lo distingan y puedan ser descubiertas por este ingenio si se ponen a vaciar las sentinas.
La C) y la D) nos parecen las explicaciones más sensatas, pero nos tememos que hay todavía mucho lobo del mar por el mundo que desde la cubierta de un barco sea capaz de distinguir una máquina de éstas. Así que con un buen rifle se le puede hacer trizas. Piensen por ejemplo en los piratas somalíes, que desafían a naciones enteras. ¿Qué no le harían estos corsarios al pez robot si se les ocurre pasar por El Musel?
Por tanto, ¿qué es preferible: que un «patrullero» de estas características sea un objeto camuflado y aparentemente inofensivo o un dispositivo explícito y amenazante? Imaginen que el multamóvil de Gijón fuera un vehículo disimulado y que funcionara autónomamente, sin ocupantes. Pues bien, recibiría palos a todas horas, hasta lograr su achatarramiento total.
Y también se corre otro riesgo grave: que el animal mecánico enloquezca y se salga de su territorio de vigilancia. Entonces, alguien podrá pensar que acaba de pescar un mero de 25 kilos, pero descubrirá su mala fortuna cuando le meta los dedos en la boca y compruebe que el muy cabrón da calambre.