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Cuestión de Estado

n El Gobierno destiló descoordinación durante el secuestro y lo ha estropeado aún más con las explicaciones

 
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CHARO ZARZALEJOS La noticia de la liberación de los 36 tripulantes del «Alakrana» fue un auténtico alivio. Estaba escrito desde el día 1 que se pagaría el rescate que pidieran, como ya ocurrió con el «Playa de Bakio». Bien pensado, no deja de ser un horror tener que pagar a los terroristas del mar, pero es un valor entendido y creo que aceptado, por inevitable, que así debe ser. Lo de los secuestros en las costas somalíes y el consiguiente pago de rescate se está convirtiendo en asunto fuera de debate.

Los tripulantes están liberados después de unas jornadas de espeso pero necesario silencio solicitado y exigido por el presidente del Gobierno. El silencio, como es natural, se ha roto. Lo ha roto el PP pidiendo la reprobación de tres ministros y cuestionando la actuación del Gobierno, no la liberación de los secuestrados, y lo ha roto, y de qué manera, el propio Gobierno.

No se trata de laminar al Ejecutivo y ni mucho menos de desviar responsabilidades. Los malos, los únicos malos, son los llamados piratas, y todos los demás, sus víctimas. Sentado este principio, que nadie en su sano juicio puede cuestionar, habrá que decir que si durante buena parte del tiempo que ha durado el secuestro el Ejecutivo ha destilado descoordinación, en cuanto se ha puesto dar explicaciones lo ha estropeado aún más.

Y lo han estropeado las sucesivas declaraciones, de las que se desprende con claridad que lo de menos ha sido la descoordinación. Se desprende algo tan preocupante como que, al parecer, los canales de información internos no han funcionado y que cuando lo han hecho ha sido para transmitir información que luego ha resultado no ser cierta. Fue la ministra Chacón quien, recogiendo lo que a ella se le contaba, afirmó con rotundidad aquello de «sabemos dónde están y están bien». La realidad es que nunca estuvieron en lugar alguno que no fuera el propio barco. ¿No es preocupante este fallo? ¿Es posible que la inteligencia española vea algo que no ha ocurrido? Roto el silencio, el jefe del Estado Mayor del Ejército nos cuenta que un helicóptero de las Fuerzas Armadas no pudo con una barca de plástico, que por muy sofisticada que fuera no deja de ser una barcaza, para añadir que los piratas llegaron a la playa y que se equivocaron con el paisaje humano. ¿Es imaginable una playa perdida de Somalia abarrotada de gente al sol? ¿No hubiera sido posible establecer un dispositivo en tierra que hubiera permitido la detención de los secuestradores? Hay que admitir que la situación en su conjunto no es una solución fácil, pero estremece pensar que quienes tenían que informar al Gobierno de los movimientos de los secuestradores y de los secuestrados no se enteraron de lo que debían enterarse, y resulta llamativo, más bien increíble, que un helicóptero -estupendo, por cierto- del Ejército, conducido por gentes de experiencia más que comprobada, no pudiera con la famosa barcaza y que llegados a la playa los piratas se sintieran de nuevo en casa porque nadie les estaba esperando.

Más allá de la trifulca política, cuanto más se va sabiendo, y todavía sabemos poco, de este secuestro más motivos hay para la preocupación, porque hay algunos aspectos, como los señalados en estas líneas, que, en mi opinión, rozan lo que se llama «cuestión de Estado». Que quienes tienen que informar no lo hagan o lo hagan mal y que quienes tienen que detener una barcaza no puedan hacerlo es muy grave. Y que no se produzca ni una sola detención en tierra, mucho más. Y lo es porque todos estos fallos conforman un mensaje que como país objetivamente nos debilita ante los piratas. Y es que esos piratas que se enteraban de todo, y por eso era bueno que nos callásemos, continúan enterándose de todo, también de lo del helicóptero.

Aplicar a la política eso de que bien está lo que bien acaba es deslizarse por territorios llenos de peligro. Todos nos alegramos de la libertad de los secuestrados. Su vida y su libertad eran, y así deben ser, el objetivo prioritario del Gobierno. Lo único malo de esta historia es que los piratas, es decir, los terroristas del mar, están encantados, y eso, no lo oculto, me fastidia mucho.

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