LUIS M. ALONSO
El mundo entero se ha puesto de acuerdo en que hay mucho gordo suelto. Un informe de Naciones Unidas, basado en estudios específicos de lo que comen las mujeres y los hombres, llega a la conclusión de que ellas se alimentan mucho mejor que nosotros porque consumen más hortalizas y legumbres. Mientras que nosotros, en los países más desarrollados, se entiende, preferimos supuestamente la carne. Como ejemplo, citan los 139 gramos por día que come un danés frente a los 89 de una danesa. Son, en último caso, muchos gramos y pocos daneses para poder hacernos una idea cabal de cómo está el patio en cuanto a alimentación por sexos.
Hay mucho gordo, de acuerdo. Pero ¿qué hacemos con ellos? Hubo no hace demasiado un intento por parte del Gobierno de meterle mano a los gordos y, supongo, que a las gordas. La tentativa se asociaba, creo recordar, a la fiscalidad. Ser gordo se ha convertido en un asunto de peso no sólo para los que tienen unos kilos de más y éste es un Gobierno magro en todos los sentidos.
La preocupación del Ejecutivo de Zapatero por la obesidad podría zanjarse como una simple cuestión fiscal: que tribute más quien más coma. O quedarse simplemente en otra ocurrencia digna de un Gobierno empeñado en meterse en nuestras vidas. Peor, mucho peor, lo tienen, una vez más, los venezolanos, después de que Hugo Chávez emprendiese una cruzada contra los gordos en ese programa de televisión en el que habla al pueblo sin la posibilidad de que el pueblo le responda como es debido.
El caso es que el caudillo de Caracas ha presentado la obesidad como una segunda amenaza tras el imperialismo norteamericano. «Hay cantidades de grasa que eliminar», dijo refiriéndose a los hombres. En cuanto a ellas, se expresó de modo distinto: «Las mujeres no engordan por mucho que estén rellenas». En resumidas cuentas, la teoría de un macho simio bolivariano sin falta de recurrir a la estadística danesa.