JAVIER NEIRA
Lástima que se vaya don Raúl Berzosa, para mí un excelente candidato a ocupar la sede episcopal ovetense. Pero ya se ve que tengo poca mano en Roma. Ayer, en una entrevista publicada en estas páginas, le daba vueltas a la cuestión central si se habla de fe, razón, ciencia, filosofía y tal y tal y tal: la evolución. Hay que ser muy valiente y disponer de ideas muy meditadas para saltar a una polémica donde la Iglesia no hace más que llevar palos.
Entre otras cosas don Raúl dijo que la tesis de Darwin es difícil de demostrar. Más aun, añadiría yo, en buena medida, sino totalmente, ha sido desbordada por la propia ciencia -Darwin no sabía ni de la existencia de los genes, así que no digamos del ADN y demás- y en cuanto que planteamiento filosófico es pura antigualla tautológica.
Berzosa también indicaba que el creacionismo no es sostenible, para añadir que sí vale un evolucionismo moderado, vamos, un evolucionismo no fundamentalista.
La guerra entre ciencia y fe recorre los últimos tres siglos de civilización con éxito creciente, por no decir absoluto, de la ciencia. Pero como siempre explica Gustavo Bueno, no hay tal pugna: son perfectamente compatibles. Donde sí hay disputa es entre teología y filosofía. Pero ¿por qué entonces hay guerra entre ciencia y fe aunque no tenga sentido? Muy sencillo, porque la ciencia se ha convertido en una religión a partir de Darwin y sus necios propagandistas.
Es el tema de nuestro tiempo. Es el gran tema de nuestro tiempo. A su lado no hay nada de verdad interesante.
El viejo ateísmo sostenía que Dios es un invento de los hombres para defenderse de la angustia de la vida y del terror a la muerte.
En esa misma línea se podría argumentar hoy que Dios es imprescindible para combatir la soberbia de la humanidad. Dicho de otra forma, si no existiese habría que inventarlo, porque el ego colectivo, la ciencia vuelta dogma, religión y macrosecta, nos está llevando a la autodestrucción.