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Las nanas y los ni-ni

n Crecen los ni-ni (los que ni estudian, ni trabajan) y decrece el canto de nanas

 
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Las nanas y los ni-ni
Las nanas y los ni-ni  

ALBERTO DEL RÍO LEGAZPI El declive de la oralidad sigue haciendo estragos. Este ocaso de la palabra es uno de los más desgraciados signos de este tiempo tan brillante en otros Cristianos, Almodóvares y Alonsos.

Ejemplo de esta estúpida mudez, de esta apatía de comunicación, es «El gran libro de las nanas», de Carme Riera, que recoge esta poesía infantil desde tiempos medievales hasta ahora. Nos descubre una práctica, toda una «medicina» literaria -hoy en declive- para sumirte en los sueños. Pena, penita, pena. Nunca he conocido sedante tan encantador como efectivo para acercarte a Morfeo. De niño me aprovechaba de las nanas que mi madre cantaba para dormir a mi hermano pequeño, embarcándome yo de polizón en aquel navegar hacia los benditos sueños.

Dice Riera que la historia de las canciones de cuna es también la de la sensibilidad, transmitida de generación en generación, aunque en el siglo XX se convierte en un género literario trabajado por poetas como Pepe Hierro, Gloria Fuertes o Miguel Hernández con sus nanas de la cebolla, tan popularizadas por Joan Manuel Serrat.

Y mientras este pan melancólico decrece, crece vertiginosamente la generación ni-ni: jóvenes que ni estudian, ni trabajan. Ni en Asturias ni en la Conchinchina.

En esta aborregada caída de valores éticos a la que -agilipolladamente- asistimos en directo, ya ha surgido el fruto lógico: toda una generación apática, indolente y consentida en su burbuja familiar. Y crece esta actitud ni-ni entre adolescentes y jóvenes, que rechazan estudiar y trabajar.

Anteayer, si no podías -o no querías- estudiar te ponías (o te ponían) a trabajar. Ayer se fue bajando ese listón. Hoy nada, casi.

Una encuesta de Metroscopia muestra que el 54 por ciento de los españoles situados entre los 18 y los 34 años dice no tener proyecto alguno por el que sentirse especialmente interesado o ilusionado. Y ahora resulta que la crisis remata esta actitud indecisa de la generación citada, tan consentida como apijotada.

Puede que gran parte de los ni-ni, en su niñez, no hayan sido dormidos con nanas cariñosas, sino con somníferos, método más rápido -y prosaico- para poder ir cuanto antes a ver la tele o a tomar una caña.

Esto, tan espantoso, es, sin embargo, acorde con demasiadas conductas sociales y familiares actuales. O sea, que es lógico. Y derrumba la teoría de aquellos que defienden que la lógica no tiene explicación.

Se acabaron los síntomas de decadencia que sentíamos hasta ayer. Hoy son una realidad. Y no hay cataplasmas éticas para remediarlo.

Así que si de las nanas «ná de ná»? de los ni-ni, ni eso.

http://blogs.lne.es/vialactea/

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