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Albañiles a la escuela

n Todos los profesionales de la construcción tendrán que ir a cursillos para recibir un carné sobre seguridad y poder trabajar en el andamio

 
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Albañiles a la escuela
Albañiles a la escuela  

JOSÉ DE ARANGO Va a entrar en vigor una nueva normativa del sector de la construcción, según se ha adelantado ya, en virtud de la cual los albañiles, peones, encofradores y demás profesionales de la paleta y la plomada tendrán que asistir a unos cursos, tras los cuales, una vez que obtengan el aprobado, recibirán el carné que les autoriza a trabajar en el andamio y estar así debidamente documentados si llega por la obra un inspector, un representante de algún organismo oficial implicado o cualquier persona que acredite que está comprobando que el personal que está trabajando tiene todos los papeles en regla.

A estos cursos tendrán que asistir, obligatoriamente, cuantos profesionales se suban a un andamio. No es broma. Es una normativa que afecta a los veteranos igual que a los novatos. A los de categoría primera especial y a los aprendices. A todos en general. No queda nadie excluido. Se argumenta, para promulgar esta normativa nueva del sector, que hay que preparar al personal en todos los aspectos y muy especialmente en el relativo a la seguridad en el trabajo. Es decir, hay que trabajar, pero lo más seguro posible. Y eso está muy bien porque hay muchos accidentes y algunos están causados por la incapacidad del profesional que anda por el andamio como por el salón de su casa. Van a toda velocidad, sobre todo los que están a destajo, y no siempre adoptan las medidas de precaución que están legisladas para cualquier clase de obras. Y se produce el porrazo, claro.

Lo que no se ha dicho aún es quiénes serán los profesores que impartirán las clases a albañiles, peones, encofradores, aprendices y demás personal del sector de la construcción. Tampoco se señala nada sobre quién va a pagar los jornales que perderán estos profesionales por ir a la escuela, que el jornal de un buen número de días de trabajo tiene su importancia. Casi todos los albañiles que conozco andan por los pueblos haciendo obras que les encargan en las caserías. Tienen mucho trabajo porque es un sector al que no le afecta la crisis muy a fondo -otra cosa son los asalariados de las empresas constructoras- y el mayor enemigo que tenían hasta ahora era el mal tiempo. Dejan para el invierno las obras que son bajo techo. Y andan con una agenda bastante apretada. Hay listas de espera tan amplias en el tiempo como las que tiene la Seguridad Social para someterse a una operación quirúrgica.

Pero la normativa está hecha por técnicos, por estudiosos, por psicólogos, por expertos en seguridad laboral, y no es cuestión de que los profesionales se lo tomen a broma y pasen de todo argumentando que tienen mucho trabajo y la palabra dada a gran número de clientes. Por eso es una normativa obligatoria. Y quien no acuda a las clases, estudie bien todo lo que le manden y no apruebe en el examen final se quedará sin el carné acreditativo de que está preparado para subir a un andamio. Y se producirán, sin duda, diálogos entre el albañil y un vecino de cualquier pueblo que le ha pedido la realización de una obra y que el profesional se vea obligado a decir: «Te hago el tejado nuevo del hórreo cuando venga de la escuela y tenga ya el carné». Y el otro, el cliente, se quedará estupefacto y dirá «meca, pero no sabía que a estas alturas estabas sin carné, a quién se le ocurre, hombre, parece mentira para ti que estés indocumentado con los años que llevas en esto». No es para menos.

El otro día pude comprobar que ya vienen desde tierras de León hasta el centro de Asturias a comprar bolsas de veneno para matar los topillos que tanto proliferan en el campo en tiempo de sequía. Y es que ya piden en muchos sitios tener carné de manipulador de productos fitosanitarios para poder sulfatar unos tomates, para eliminar el pulgón de las fabas o para prevenir las patatas del mildiu, que en cristiano se le llama «la niebla». Aquí, de momento, vamos librando de eso. Pero me temo que todo se andará.

Hace falta también carné para despachar una chuleta en la carnicería, para ser ayudante de cocina en un restaurante, para sustituir un portalámparas que ha quemado en un domicilio, para entrenar a un equipo de fútbol con chavales de barrio, para ir a leer a una biblioteca pública, para repartir bombonas de butano, para pescar unos panchinos en El Musel, para conducir una moto de pedales, para pertenecer a una peña de amigos que se reúnen una vez a la semana para cenar y cantar, para? la relación se hace interminable.

Tantos son los carnés que hacen falta que junto con las tarjetas -no puedes llevar dinero por miedo a que te lo birlen- habituales, que también son varias, ya no hay cartera que lo resista y la llevamos tan abultada como la de los tratantes de ganado de antaño, que llegaban al ferial con una faltriquera llena de billetes. Lo que pasa es que ahora los billetes ni los vemos. Está todo en los bancos. Y aún les da más dinero el Gobierno. Para ir tirando.

Pero no quiero perderme en más divagaciones. Esto de que también los albañiles, peones, encofradores y demás personal de la construcción tengan que acudir a diario al andamio con el carné que acredite que ellos son lo que son y que están documentados para hacer lo que hacen -lo que han venido haciendo siempre- ya es algo tan insólito que cae en lo esperpéntico. Y ese carné que les van a dar, ¿dónde lo dejan para subir al andamio? Y, además, entra la duda, razonable por otra parte, de quién les ha dado su carné a los que van a impartir las clases a albañiles que llevan toda una vida trabajando en el oficio. Y no estaría bien visto que los profesores se dedicasen a esa clase de enseñanza sin tener carné. Pero también puede ocurrir que el profesorado para los profesionales de la construcción sean titulados superiores que nunca en su vida han cogido una paleta de albañil. Lo importante es el carné. Aunque el tabique se caiga.

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