J. M. CARBAJAL
No puede decirse que la Consejería de Medio Ambiente actuase con nocturnidad a la hora de publicar en el BOPA la espeluznante normativa de pesca fluvial para 2010, ya que puso en serio aviso a navegantes el pasado martes, tan sólo dieciocho días después de la fecha en la que debería haber salido a la luz pública. Pero sí actuó con absoluta alevosía al establecer un raquítico período de tiempo para todas aquellas personas desengañadas con la nueva reglamentación e interesadas en la devolución del dinero que desembolsaron, en tiempo y forma, para acceder al sorteo de los acotados de salmón y otras especies fluviales, el cual está previsto que se celebre el próximo lunes, 23 de noviembre, en Oviedo.
Corrieron a toda pastilla, lógicamente sin ser oído el Consejo Regional de Pesca, los mandamases de Medio Ambiente, para sacar a flote una norma «pasteleada» que apenas deja satisfechos, para nada, ni a los «mosqueros» ni mucho menos a los habituales del arte tradicional -léase «cebo», sembrando, además, una catarata de críticas de los alcaldes ribereños. Pero mucho más han esprintado en el departamento del consejero Paco Buendía en el momento de ajustar los tiempos para quienes estaban decididos a recuperar el dinero adelantado y pasarse lo que se avecina en las aguas continentales del Principado de Asturias por el mismísimo «arco del triunfo». ¿Llegarían a tiempo los pescadores que deseaban la devolución de lo abonado?
El otro punto que ha puesto de los nervios a más de uno, sobremanera en las riberas del Oriente asturiano, es la novedosa novedad, valga la redundancia, del siempre emblemático «campanu», tanto de Asturias como de cada una de sus cuencas fluviales, desde los límites con Cantabria hasta con los de Galicia. Si desde tiempos inmemoriales sonaban las campanas en los pueblos cada vez que la primera pieza se pescaba en los ríos, ahora pasará a ser el primer ejemplar que se eche a tierra el 1 de mayo, salvado, por supuesto, el correspondiente período de pesca sin muerte que establece para el 2010 la Consejería. ¡Vamos, un auténtico «belenazo» en toda la regla! La gracia del «campanu» siempre será el primer pez de la campaña con muerte o sin ella, aunque me temo que nadie, salvo algún caprichoso -que también los hay- pretenda puyar por un ejemplar a devolver al agua.
A la señora viceconsejera, Belén Fernández, vuelven a crecerle los enanos, en el argot circense, pues, no hace tanto tuvo sus encontronazos con el sector ganadero de esta sufrida comunidad autónoma; casi sin respiro, les toca al turno a la inmensa mayoría de los pescadores fluviales, quienes muestran un día sí y otro también su descontento con la manera de proceder de su departamento, apoyados por algunos de los alcaldes socialistas con más peso en el Principado. De ésta, tampoco se salva ni el director general de Biodiversidad, García Gaona, otro de los «ilustres» que manejan el cotarro de la pesca fluvial. Me temo que sólo hay dos opciones para los máximos responsables de darle «luz verde» a la normativa: recular o presentar la dimisión.
Hace años, ocupando la cartera de Medio Ambiente Herminio Sastre, me interrogó, en la Vega de Enol, por la defensa a ultranza que estaba realizando desde las páginas de LNE sobre la pesca del salmón en Asturias. Le expuse mi modesta opinión en esa materia: «En el río estoy con los ribereños y en el parque nacional, con los pastores». Hoy en día, pese al tiempo transcurrido, aún mantengo la misma tesis. Estoy de acuerdo en la necesidad de consensuar -sin excluir a nadie- una regulación de la pesca fluvial, pero que las autoridades implanten también controles poblacionales, y efectivos, sobre los depredadores -cormoranes, preferentemente-, e intensifiquen la vigilancia de cupos de salmón en las pesquerías industriales, en alta mar. ¿Es mucho pedir?