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Vita brevis

A pagar

n En el mercado del daño, lo primordial es dar con el precio

 
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FRANCISCO SÁNCHEZ Vivimos en una sociedad en la que todo se puede arreglar pagando. No es una novedad de los últimos años, pues las raíces de este asunto son más viejas que la tos. Nuestros ancestros ya usaban un aforismo que decía que los duelos con pan son menos. Esa era la razón de que en los velatorios se diera de comer y que, tras los entierros, se celebrara una pitanza. Tales costumbres están en desuso, porque ahora ya no se trata de satisfacer los instintos en especie, sino de lucrarse.

Vea usted que, por ejemplo, si se cae y se rompe un par de huesos no le bastará con que le recompongan y le mantengan hasta la sanidad, sino que exigirá que quien sea le ingrese unos cuantos euros en la cuenta, que de esa forma parece que la osamenta suelda mejor. Igualmente que si alguien se caga en su madre, que es grave cuestión y no se arregla con unas humillantes disculpas del que haya proferido la injuria, sino soltando éste los dineros que fuere, que así queda la progenitora más limpia de toda mugre que una patena.

De esta forma, todo se compra y se vende, porque todo tiene un precio y en dinerito contante y sonante, que otra cosa no vale. A los antiguos el pan les amainaba las penas, porque saciaba la hambruna. No había correspondencia entre el dolor y la cantidad de pan, así que no había precio porque, lleno el estómago, no importaba la intensidad de la pena. Ahora, según qué duela, se pagan más o menos billetes.

Así que, en el mercado del daño, lo primordial es dar con el precio. Si usted atropella a alguien y le manda al otro barrio -Dios no lo quiera-, pues paga usted o su aseguradora a los deudos lo tasado por el fiambre y a otra cosa, mariposa. De modo que nada puede extrañar que permanecer con vida también se pueda comprar, como se ha hecho con los marineros del «Alakrana» y demandaban los familiares de los españoles, porque de los negros y otros bárbaros, que eran la mayoría a bordo, nadie sabe que tuvieran mujer, ni hijos, ni nada. De esa forma su precio andaba de saldo.

Hasta aquí todo es coherente en una sociedad en la que cualquier cosa se puede traducir a billetes. Pero no es tan comprensible que algunos países paguen a los talibanes para que no maten a los soldados que tienen en Afganistán, como parece ser que hacen al menos Inglaterra e Italia, que se sepa. Resulta que fueron allí para quitar de en medio a los del turbante y podría entenderse que se pagara a éstos para que se marcharan a otro sitio. Pero no, les sueltan manteca para que no les peguen unos tiros. Entonces, ¿qué diantre pintan esas floridas tropas en ese secarral? La respuesta sólo puede ser que están allí para hacerse unas fotos y que pagan por ello. Es el precio por aparentar ser arregla mundos. Hasta ser imperialista de cartón puede comprarse.

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