ISABEL MENÉNDEZ BENAVENTE
Vuelvo de hablar en Santander a unos padres ávidos de información, de formación. Reflexiono ante una nueva convocatoria en la que me piden que hable de si existen límites en nuestros hijos: que tengo experiencia profesional y personal, que son muchos años, que algo podré aportar... Pero tengo dudas. Pienso si los padres que hoy deciden tener hijos estarán dispuestos a todo lo que esto supone; a la enorme responsabilidad que implica traer un nuevo ser al mundo por el que vivirás y sufrirás hasta el fin de tu vida. Pienso si sabrán el sacrificio que conlleva, que a veces se tienen niños porque hay que tenerlos, a los que les dan todos los caprichos y consienten para que no nos estorben, pero a los que no les damos lo único que necesitan, que es nuestro tiempo, dedicación, amor incondicional y sentido común para educarlos. Que debemos enseñarles a que en la vida hay frustraciones, que no todo vale, que deben respetarse y respetarnos, que lo importante en su formación no es tener sino ser... ¡Qué difícil!
En un mundo en el que lo único que importa es ser más que los demás al precio que sea, en estos últimos años de ejercicio profesional me encuentro cada vez con mayor frecuencia con niños de 4 y 5 años cuyas madres, desesperadas, me dicen: «No puedo con él». Son niños dictadores, tiranos, que no piden por favor (faltaría más), sino que exigen que les traigas, compres o hagas... y que cuando son adolescentes, como ya te han pegado con la mano abierta, empiezan a cerrar el puño y son simple y llanamente maltratadores.
Yo no sé si lo he hecho bien. Sé que he fallado muchas veces y he pedido perdón porque me he dado cuenta, porque siempre he tenido alguien que me ha hecho pensar... porque les aseguro que ser psicóloga no hace, como muchos padres me dicen, que todo me salga perfecto. Es como si a los médicos les dijeran que sus hijos no pueden enfermar o que no se pueden equivocar, precisamente por el amor que les ciega, en un diagnóstico. He tratado, hemos tratado, de ser padres que pusieran ciertos límites... sólo los básicos, los imprescindibles, aquellos que pretendían que nuestros hijos no hicieran a los demás lo que no quisieran para ellos; que fueran solamente buenas personas, respetuosas y que mantuvieran los valores que les hemos inculcado.
Sólo por las personas que han escogido para compartir su vida me he dado cuenta de que todo ha merecido la pena. Hacen que nos sintamos orgullosos de ellos porque han encauzado su vida para ser simplemente personas..., que no es poco. Les espero el martes en el Ateneo Jovellanos, para hablar de esos límites que como padres y sociedad debemos poner. Para mí hablar en esa cátedra es un auténtico honor y deseo compartirlo con todos ustedes.