LUIS M. ALONSO
La semana ha transcurrido bajo nubes de presente y estelas de pasado. Una especie de «déjà vu». Paso a explicárselo con la paciencia que Dios no me ha dado para comprender ciertas cosas aparentemente incomprensibles.
A estas alturas, ya estarán enterados de que la lancha de los piratas que asaltaron el barco que robaba los atunes salió zumbando sin problemas ni sustos por los disparos disuasorios. No hay que extrañarse de ello, son piratas; lo raro sería que se hubieran rajado a la primera ante el fuego de detención o el «disabling fire» ordenado desde Madrid. ¿Han visto alguna vez en alguna película a los piratas detenerse, incluso cuando tronaban los cañones en los momentos previos al abordaje? No ¿verdad? Pues eso.
En la aldea de chabolas de Haradhere no se lo creen: han cobrado el rescate más caro de la historia por los secuestrados y la tripulación llega sana y salva a puerto, porque los españoles pagaron lo que les pedían y después tiraron a no dar. A la isla de Tortuga los que volvían no siempre lo hacían en condiciones tan ventajosas: dejaban algún cadáver por el camino y traían la culera chamuscada. Luego tocaban a más ron y el botín a repartir era mayor.
La Armada española, que ya no es de matar como ha recordado oportunamente Santiago González en su certera columna, se dedicó a las prácticas de tiro con el esquife de la lancha pirata de Somalia y, en la misma semana, la Royal Navy ha hecho lo propio disparando en Gibraltar a las boyas con los colores nacionales. Es posible que lo uno nos asombre y lo otro, también; sin embargo, lo de la gamberrada de dispararle a una boya con la enseña nacional no deja de ser un capítulo desafortunado más en el contencioso del Estrecho. Lo de los piratas es la prueba de que los militares españoles, sujetos al ideal pacifista del Gobierno, están en el mundo para hacer amigos antes que para cumplir su misión. Piratas e ingleses. Ése es nuestro sino.