JULIA NAVARRO
Pues sí, es evidente, en la Administración de la Unión Europea hay un déficit de mujeres en puestos de responsabilidad. Llevamos unos meses asistiendo a la discusión sobre quién iba a ser designado presidente de la Comisión y Alto Representante de la Política Exterior, y, curiosamente, todos los nombres propuestos han sido de hombres, como si no hubiese ninguna mujer en toda la Unión capaz de asumir cualquiera de esos dos cargos. Supongo que por vergüenza torera, y dada la presión de las europarlamentarias, al final los señores de la UE han decidido nombrar a la baronesa Asthon.
De todas maneras, si nos preguntamos por qué ese déficit de mujeres en los puestos de mando, la respuesta es sencilla: el poder continúa en manos de los hombres. Así, nos encontramos con que en nuestra idealizada sociedad europea las mujeres continúan luchando para romper barreras que les permitan competir en igualdad de condiciones por los puestos de responsabilidad. Porque no se trata de que los hombres decidan promover políticas de cuotas y coloquen mujeres como quien coloca un florero, sino que de verdad haya una revolución educativa que lleve a los hombres a mirar a las mujeres de igual a igual.
A la hora de elegir a los altos cargos de la UE se debería buscar a los mejores, sean estos quienes sean, independientemente de su sexo, pero resulta chocante que estos mandamases de Europa y de los gobiernos europeos no consideren que hay varios cientos o miles de mujeres con currículos y capacitación igual o superior que las de muchos hombres.
La política de cuotas para garantizar la presencia de las mujeres no es la panacea; es una vía, aunque tampoco la mejor. No se trata de buscar mujeres a lazo para que ocupen lugares en las listas electorales o en los gobiernos, sino que a la hora de formar un gobierno o conformar una lista se busque a los mejores, y entre los mejores es evidente que hay mujeres, sólo que hasta ahora los hombres se manejan con unos códigos que dificultan esa competencia de igual a igual.
Pero al menos hay una buena noticia, las mujeres que trabajan para la UE y las eurodiputadas han iniciado una autentica rebelión llamando la atención sobre el problema de esta discriminación y sacando los colores a los gobiernos europeos, que son quienes proponen. La verdad es que a los gobiernos europeos proponentes se les debería caer la cara de vergüenza. La UE no puede ser sólo cosa de ellos.