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Veinte años de Berlín en Europa

n Los cambios sociales y económicos que provocó la caída de un muro que separaba dos mundos

 
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Veinte años de Berlín en Europa
Veinte años de Berlín en Europa  

JOSÉ ALBA ALONSO PROFESOR DE ECONOMÍA APLICADA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO Se cumplen veinte años de la apertura del Muro. Pero la Europa del 2009 tendría que saber algo más de su integración, por encima de las bonitas historias de avatares personales, reencuentros y fenómenos mediáticos. Debería saber que la II Guerra Mundial dejó muchas huellas. Y no fue la menor la de la partición de Alemania. El temor a nuevas contiendas abrió paso, durante la década de los cincuenta, a un sentimiento europeísta que pujaba por concretarse. Pero preocupaba hasta dónde pudieran llegar el compromiso y la cesión de soberanía. La EFTA auspiciada por Gran Bretaña, que sólo abría el comercio entre países, desafiaba al denominado Mercado Común del Tratado de Roma, de más altos vuelos. Sólo el tiempo y el excelente trabajo en torno a la CEE permitieron saber que la vía fuerte de integración era la buena: Gran Bretaña desembarcaba en ella, a regañadientes, pero entraba, al fin. Por entonces, en la antesala de la crisis de los setenta, ya había muro de Berlín y Comecon, la asociación comercial de los países comunistas.

Los europeos tenemos que recordar que las Comunidades Europeas y el Consejo de Ayuda Económica Mutua (Comecon) no se reconocieron hasta la segunda mitad de los años ochenta, cuando ya Gorbachov había planteado cambios en la URSS. Fue preciso un cuarto de siglo para que dos entes supranacionales integrados por la mayoría de los estados europeos admitiesen formalmente su propia existencia. Pero será la historia quien desvele, con el paso de los años, los acuerdos soterrados, qué pasó con el llamado comercio «interalemán», o en qué medida el Muro tenía agujeros virtuales por los que seguía manteniéndose un flujo económico, más allá de las ideologías y del conocimiento público.

Tuve la fortuna de asistir a dos reuniones en la Universidad de Gante, organizadas por el profesor Maresçeau bajo los auspicios de la Comisión Europea, fundamentales para el acercamiento. La primera arropó el reconocimiento mutuo del Este y el Oeste, y allí pude ver sentados en la mesa presidencial a Willy de Clerc, comisario europeo, junto al señor Sichev, secretario general del Comecon. Apenas veinte meses más tarde se produjo la nueva reunión. Seguía habiendo una pomposa mesa para los ponentes distinguidos, pero no estaba Sichev. En los últimos estertores del Comecon, antes de que cayera el muro de Berlín, la máxima representación del bloque comercial comunista ocupaba un lugar muy próximo al mío, confundido entre los asistentes secundarios.

Tengo muy viva la imagen de algunas escenas del Este. En una ocasión la verificación del pasaporte dio lugar a que un soldado de la RDA estuviese mirando una y otra vez al documento y a mi cara hasta que decidió -afortunadamente- que era el sujeto de la foto y no un agente de la CIA o un disidente alemán. También recuerdo el obligado canje de moneda y la cantinela que podía escuchar a cada paso en las zonas más turísticas de las capitales «¡black market!», o el sonido y el olor inconfundibles de los «trabys», aquellos pequeños coches con corazón de moto. Y, cómo no, me viene a la cabeza lo difícil que podía resultar comprar algún regalo.

Pero hablamos del muro de Berlín, y quiero recordar cómo tuve la ocasión de hacer un recorrido por el no lugar que había sido territorio prohibido durante años. Fue de forma impensada, simplemente tomé un taxi para ir desde la estación de ferrocarril al hotel y el conductor decidió pasar por allí, cerca de la Puerta de Brandenburgo, no sé si por necesidad o como deferencia. Hacía no demasiado tiempo que la zona estaba abierta y clareaban ya los espacios, salpicados de escombros y sin vida alguna, con una calzada que iba y venía por un entorno fantasmal. Al día siguiente tuve que andar bastante hasta encontrar una entidad bancaria, era todavía el Este.

Cuando Moscú planteó reformas muchos centroeuropeos que conocí sintieron la necesidad de mostrar su disconformidad con el partido y la caída del Muro les insufló ánimo. En varios viajes a países del Este encontré a tanta cantidad de comunistas como podía ver en España de miembros del movimiento nacional tras la muerte de Franco?, nadie hablaba ruso y existía auténtica veneración por la República Federal de Alemania. Todos criticaban duramente el sistema comunista y anhelaban tener en qué gastar su numeroso papel moneda, en comercios bien surtidos. Pero sólo quienes vivían en la RDA tuvieron esa suerte, porque sus marcos RDA fueron validados como marcos RFA, y eso les supuso una capacidad de compra que jamás tuvieron húngaros, checos, polacos u otros vecinos. Les sorprendieron la posibilidad de elegir y también el enorme envoltorio de las pequeñas cosas.

Sólo muy tarde pude oír del drama que cotidianamente vivían colegas míos, profesores que habían de explicar la teoría económica de las universidades americanas tras años y años de contar las maravillas de la planificación central. Algunos de ellos se contaban entre los más honrados, los que no se habían subido al carro comunista, pero que tampoco se hicieron apóstoles del liberalismo económico, padecieron el cambio e incluso alguno acabó suicidándose. Hubo, por el contrario, quienes jamás sintieron la menor comezón por cambiar el discurso, publicar y acusar al sistema en el que se habían movido cual pez en el agua.

Muchos trabajadores aprovechaban la nueva libertad de movimiento para pasar a trabajar a destajo en los países occidentales, y pude ver obreros retornados cambiando su dinero en oficinas improvisadas, o cómo dormían hacinados en coches en pleno centro de Viena, por ejemplo. Ganar en occidental y gastar en oriental suponía un salto vertiginoso muy lucrativo. También vi una perspectiva dura del bloque del Este, en el rastro vienés proliferaban todo tipo de productos parasoviéticos, desde libros a muebles, incluidas distinciones y condecoraciones. No compré nada, aunque sí tengo algo del muro de Berlín; me lo regaló una compañera y amiga poco después de la apertura de las puertas. Se trata de unos trocitos de pared, con restos de pintadas, envueltos, junto a un papelito con alguna información gráfica, en un plástico de malísima calidad, que quiso ser transparente. Es puro Este condensado, y siento no haberme hecho con algún souvenir de la otra parte -seguramente en metacrilato y metal- para ponerlos juntos.

Mi anécdota más expresiva del crac del Este es la que pude vivir en Florencia. Asistí (1990) a un curso de la Universidad Europea junto con una veintena de investigadores, allí estaban representadas una docena de nacionalidades: británica, francesa, italiana? rusa, checoslovaca, alemana, polaca. Una de las asistentes del Este estaba obnubilada por Occidente y comentó lo mucho que le gustaba el perfume Chanel n.º 5. El compañero más ingenuo, y puedo asegurar que con la más altruista de las intenciones, le regaló ese trocito de cielo que soñaba nuestra compañera, que no podía comprar algo tan caro. El chasco que se llevó fue impresionante, porque le repugnaba el aroma del frasquito y quería convencerse de que lo que le habían regalado no podía ser el maravilloso Chanel que había magnificado, como tantas otras cosas del Oeste.

Con el paso de los años el marco ha transmitido sus genes al euro, Alemania ha tenido que hacer un esfuerzo importante para ser, la implantación industrial en la antigua RDA ha cambiado, la contaminación del Este ha permitido que los alemanes puedan presumir de una de las más altas reducciones en las emisiones de CO2 y la población oriental ha rejuvenecido algo esa vejez paralela a las rentas altas. El Muro sirve de representación material de muchas otras cosas que cambiaron. Pero habría que plantearse si no sería conveniente pensar que el fracaso del Este no equivale al éxito del Oeste. Al hilo de la caída del comunismo, una campaña publicitaria lanzaba un tabaco llamado West (Test the West!). Los cigarrillos ya no están bien vistos y la marca West ya no es lo que era, pero no deja de extrañar cómo una revolución se esfumó entre los medios de prensa, y sólo la caída del Muro ha concitado más referencias que cualquier conmemoración de reformas importantísimas en el mundo que lo erigió: vivimos en una era de iconos, en la que Berlín tiene uno de los más aplaudidos.

La UE se torna infinita y ha desplazado su centro como consecuencia -entre otros- de los cambios de Berlín. Resulta sorprendente que ahora existan intercambios normalizados con países que tanto celo pusieron en mantenerse al margen de la Europa de los mercaderes, pero hay que recordar que las Comunidades Europeas ya apoyaban al Este un par de años antes de la caída del Muro: la Universidad de Oviedo tuvo programas comunes e intercambios con aquellos países cuando aún existía la alambrada. Pero el «milagro español» que querían imitar no incluía una precipitación de acontecimientos como la de los noventa. Tal parece que los guionistas de aquella película de Billy Wilder en la que un comunista ascendía a lo más alto de la compañía Coca-Cola -por vía matrimonial- hubiesen seguido escribiendo lo que difícilmente otro podría haber imaginado durante la primera mitad de los ochenta. La vieja Europa digiere los restos de la EFTA, del Comecon, o descarriados como nosotros, a la cola sigue Turquía, y convendría empezar a concienciar a los europeos de la importancia que tiene alguna cuestión que consideran natural y gratuita: simplemente ser, algo que no había ocurrido -sin caudillos- hasta hace muy poco.

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